Gonzalo Maldonado

La enfermedad

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3 de July de 2011 00:02

Hugo Chávez tiene cáncer. Le crecen tumores en la zona pélvica y le han operado en dos ocasiones para sacarle esos cuerpos extraños del organismo. Sabemos esto por boca del propio cuadillo venezolano, quien en un mensaje televisado inusualmente corto –duró 15 minutos, un verdadero récord de brevedad para este político lenguaraz– reiteró su “voluntad de vencer en esta nueva batalla que la vida nos ha puesto por delante”.

Chávez contó, también, que Fidel Castro en persona le había dado los detalles de su dolencia, detalles que, por lo demás, no han sido revelados a la opinión pública, pues la información sobre la salud del presidente venezolano ha sido manejada con hermetismo por el régimen cubano, como si se tratara de un asunto de máxima seguridad interna.

Cuando escuché lo de Fidel Castro se me vino a la memoria ‘La enfermedad’, una novela escrita por un compatriota de Chávez, el poeta y narrador caraqueño Alberto Barrera Tyszka. A través de su personaje principal –Andrés Miranda, un doctor cuyo padre tiene cáncer terminal al cerebro– Barrera Tyszka reflexiona sobre el dilema ético que supone contar o no a una persona que ella sufre una enfermedad grave.

Decirlo todo, con pelos y señales, puede provocar una angustia y un dolor innecesarios al enfermo. Esconderlo todo, por otra parte, sería incurrir en una mentira insostenible, en una traición al derecho de una persona de conocer qué le está sucediendo. “Morir debería ser un acto simple: no hay nada más sencillo que un infarto fulminante. La complejidad está en lo que no concluye todavía, en la enfermedad”, dice el narrador de esta novela.

Más difícil que la muerte es entender el proceso de partida de la persona enferma, dice Barrera Tyszka. ¿Cómo aceptar el repentino deterioro físico de una persona? ¿Cómo reaccionar cuando ella es víctima de ataques de dolor inenarrable? ¿Cómo explicar ese sufrimiento tan injusto a quien lo padece?

Todas ellas son preguntas sin respuestas definitivas. Algunas personas se refugian en la religión; otras se aferran al poder de la ciencia; y otros simplemente se cierran en un gris escepticismo. Tal vez lo más acertado sea, como dice Barrera Tyzska, aceptar que la vida no es más que “una casualidad”, un regalo que hemos recibido de manera fortuita, donde la enfermedad y la muerte son el colofón natural de ese obsequio inesperado.

¿Qué pensará Chávez ahora que sabe que tiene cáncer? ¿Seguirá creyéndose un elegido por la Historia y el Destino (así con mayúsculas) para regir sobre los demás? ¿Seguirá convencido de que su voluntad suprema tiene que obedecerse siempre? No lo sabemos. La única certeza que tenemos ahora es su rostro verdoso y repentinamente adelgazado por la enfermedad.