Lolo Echeverría Echeverría

El Presidente apostador

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Cuentan que fue el primer Presidente que había sido Ministro de Economía. Parecía un hombre sensato, capaz de sacar al país de sus agobiantes problemas, pero no fue él quien decidió la suerte del país sino el precio del petróleo. Se vivían momentos de desconfianza generalizada en el gobierno.

El Presidente propuso un discurso de primera con grandes ideas contrarias a las planteadas por el antecesor; conmovió a todos cuando pidió perdón a los marginados por no haber encontrado todavía la fórmula para sacarlos de su postración. Con su discurso el Presidente logró un apoyo popular superior al alcanzado en las elecciones.

Al poco tiempo, el país se descubrió dueño de una inmensa riqueza petrolera y un precio creciente del barril de crudo. Algunos pensaban que el petróleo debía conservarse para el futuro y otros que debía explotarse de inmediato; el Presidente apostó por la inmediatez. Hemos estado acostumbrados a administrar crisis y carencias, dijo el Presidente, ahora vamos a administrar la abundancia. Petrolizó la economía, soñó en hacer realidad la justicia social y emprendió en proyectos gigantes.

El Papa bendijo al país y al Presidente con su visita, pero se distanció de Estados Unidos porque, según decía, era tratado como un país de segunda. Convirtió los caprichos en actos de gobierno y colocó a su parentela en puestos importantes, hacía redadas en contra de aquellos que no gozaban de su simpatía y nadie se atrevía a ponerle límites; se convirtió en un Presidente imperial.

Unos pocos disidentes advirtieron la fragilidad de una economía asentada en un solo producto, pero el Presidente le apostó a los precios del petróleo y al endeudamiento externo hasta que empezó a incrementarse la oferta petrolera y a reducirse la demanda; el mercado de vendedores se transformó en mercado de compradores y los precios se derrumbaron.

Considerando que se trata de un problema momentáneo, el gobierno siguió gastando como si no pasara nada. Se produjo el déficit en la balanza de pagos, déficit fiscal, sobreendeudamiento. La desconfianza provocó la fuga de capitales y cuando se había acabado el dinero del petróleo, la pobreza seguía igual o peor, el desempleo se había incrementado y el subempleo se hizo evidente en las calles. La última apuesta del Presidente fue culpar a todos los demás, pero el pueblo no le perdonó el haber convertido su gobierno en una chacota de despilfarro y frivolidad. Terminó su mandato recluido en la casa presidencial.

Así nos cuentan los historiadores el mandato del presidente José López Portillo, gobernante de México hace 40 años. Es la historia que repiten todos los presidentes que teniendo la suerte de contar con recursos abundantes y la mala suerte de no contar con el conocimiento y la sagacidad necesarios para administrar la abundancia. Terminan hundiendo a sus países en la bancarrota.