José Ayala Lasso

El crimen y la ley

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En su estremecedora pieza de teatro “L’etat de siège”, Camus presenta una escena en la que la Peste habla con el Juez. En procura de marcar a todos con su veneno, le dice -colmo del horror- “una buena peste vale más que dos libertades”. Protesta el Juez, guardián de la ciudad atacada. “Soy el servidor de la ley -se ufana-y no puedo acoger aquí a quien está tocado por la peste. Quien huye de ella la porta consigo. Defiendo a la ley, no por lo que ella dice, sino porque es la ley”. Emerge entonces una voz que pregunta “¿Y si la ley es el crimen?”. Responde el Juez: “Si el crimen se convierte en ley, deja de ser crimen”.

Al observar, indignado, las montañas de incorrecciones de la década perdida, el Ecuador va tomando consciencia de que las críticas al correísmo se han quedado cortas ante las revelaciones que, originadas desde el interior mismo de ese movimiento, demuestran su sistemático olvido de la ética y, además, la migrante lealtad de sus miembros, basada en el terror que inspiraba el iracundo líder.

Al iniciarse el nuevo gobierno se comprobó que la “mesa servida” ocultaba una crisis económica grave y una deuda desmesurada. Ahora se nos dice que tal engaño pudo haber sido una maniobra deliberada para procurar el fracaso del sucesor y propiciar el regreso triunfante de Correa el año 2021.

La pregonada participación del pueblo en el gobierno del Estado apenas sirvió para crear un sistema que aseguró el control de todos los poderes. Se patentó el 30-S y ahora se descubren las falsificaciones y engaños usados para hacer de esa censurable insurrección policial un imaginario “golpe de Estado”.

Igualmente, se confirman ahora las denuncias sobre los contactos de Correa con las FARC y se condenan tanto la “permisividad oficial” con esa forma de terrorismo como las irresponsables compras de material bélico deficiente y el desmantelamiento de las Fuerzas Armadas.

En resumen, bajo la torpe práctica de justificar todo cuanto contribuyera al éxito del programa ideológico, se facilitó el abuso y garantizó la impunidad. “A la fiscalización se le consideraba una traición”, se confiesa ahora.

Está bien que, aunque tardíamente tocados por la gracia, los antiguos leales servidores del correísmo, abandonando a su amado líder, se acuerden ahora del Ecuador y su pueblo. Si el Presidente Moreno, que nos está revelando las infamias de la década perdida, no quiere repetir los gravísimos errores denunciados –tal parece ser su honesto y loable propósito- no debe seguir guardando en su gobierno a los artífices de los abusos que ahora descubre y condena.

De lo contrario, cabría pensar que en el Ecuador puede seguir aplicándose la terrible sentencia de Camus: “Si el crimen se convierte en ley, deja de ser crimen”. ¿No se convirtieron las coimas en “negocios entre privados?”