Alexandra Kennedy-Troya

El eje cafetero

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Laderas empinadas cuajadas de plantas de café. Ya sin la necesidad de árboles que les produzca sombra, la matita de café arábiga se prende en los lugares más inverosímiles. Miles de hectáreas sembradas, miles de personas que en Colombia viven de su producción y comercialización. Decenas de derivados: dulces, chocolates, licor; pero sobre todo un nombre que recorre el mundo. Un frente, el de la Federación Nacional de Cafeteros creó hace años una marca nacional, no privada. Quien recorrió con su mula los caminos del mundo, una imagen establecida que circula permanentemente. Y el eje es ahora patrimonio cultural de la humanidad; y esta nominación, además de los buenos caminos que recorren el área en Caldas, Risaralda, Quindío, parte del Cauca y el Tolima, ha detonado en productos de turismo muy atractivos.

Son acciones mancomunadas, estatales y privadas, que hacen que la oferta de playas caribeñas se haya visto complementada por una nueva y diferente. Haciendas que han abierto sus puertas, baños termales , recorridos didácticos, Manizales como centro de una bonanza que comenzó a inicios del siglo XX y que muestra aún palacetes clasicistas de época; Salento y Salamina, pueblos que ofertan la rica comida antioqueña o paisa y mantienen la modesta arquitectura blanca y roja de aleros pronunciados. Y varios parques nacionales alrededor que, como el Cocora, exhiben una naturaleza verde y rica en palmas de cera que se empinan al cielo a una velocidad alucinante. Montañosa, de unos caprichos impresionantes, la única forma de trasladar los sacos de café a inicios del XX fue a través de un cable aéreo que recorría 73 kilómetros entre Mariquita y Manizales para así sacar los costales y la gente vía el río Magdalena. El tren, imposible de atravesar la irregular cordillera. Todos estos hitos y más son aprovechados para crear una red de visitas culturales que te llevan a reflexionar sobre la vida misma.

Haciendo estos recorridos pensé en los nuestros, en la Ruta del Sol o del Spondylus, este último un nombre sugerente y al que se le podría explorar y exhibir, más allá de la rumba loca de Montañita o el solitario tablista de Ayampe. O soñando, las rutas de oro que incluyera pueblos como Zaruma, Loja, Piñas; la de la negritud en Esmeraldas y el Chota; o las del cacao y banano en los Ríos y Guayas. Mas no hablo solo de nombres que surgen al azar cada vez que aparece un nuevo ministro de turismo, hablo de políticas estatales sostenidas, de largo aliento, que organice y “en-rede” los cabos sueltos de tantos y tantos emprendimientos y los presente organizadamente para que surjan más colaboraciones. El turismo de ciudad ha sido muy trabajado en Quito y Cuenca, el de rutas para el turismo cultural de pueblos y campos ha sido apenas enunciado.

akennedy@elcomercio.org