10 de March de 2010 00:00

Ecuanimidad

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Manuel Terán

Cuando las personas llegan a ejercer un cargo público de importancia, las mínimas expectativas que alimenta la colectividad es que la actuación del funcionario que resulte designado se adecue a los cánones exigidos o requeridos para actividad a desempeñar. Sin que esto signifique que tengan que sujetarse a esquemas rígidos e inflexibles, es importante para ciertas actividades que las personas designadas tengan un perfil adecuado, en el que poco o nada les debe interesar la figuración pública, sino que su gestión sea valorada por el correcto cumplimiento de sus deberes y obligaciones. Si en desmedro de aquello un funcionario se ve tentado a utilizar su transitoria presencia al frente de una institución para resaltar y promocionar su gestión, automáticamente pierde el norte y la credibilidad en su palabra, aun cuando sea en forma imperceptible se empieza a deteriorar y tarde o temprano termina por los suelos. Peor aún si, por las circunstancias que fueren, termina enredado en disputas verbales con un grupo de políticos que, en los hechos, fueron los que le pusieron al frente del cargo que ostenta. Eso genera un mal sabor y da cuenta que el interés público, por lo pronto, queda relegado en el tráfago de la disputa personal.

Las autoridades ante todo deben actuar en forma ecuánime, con absoluta imparcialidad, dejando de lado su propia situación personal. Si reciben críticas sobre su gestión, tienen que responderlas en el plano técnico mas no como si fuese un acto de proselitismo político, con discursos fuera de lugar seguidos de aplausos y barras de sus colaboradores. Eso al final desacredita la función que representan y crea en la sociedad sospechas sobre sus actuaciones.

Si un funcionario ante el anuncio de una posible interpelación, en vez de exponer sus razones responde con amenazas en contra de quienes lo increpan, actúa en forma errada. No solo porque no corresponde hacerlo ya que, en los hechos, muestra que sus reacciones no son las apropiadas de una persona con tan altas responsabilidades. Pone en evidencia que se deja llevar por sus emociones, lo que no estaría mal en un hombre común y corriente, pero en su caso levanta más de una duda sobre su imparcialidad cuando deba tomar decisiones en asuntos que choquen con sus convicciones.

Existe pues una lección en todo este asunto. Las autoridades no pueden seguir sin más el juego de las polémicas. Tienen que sopesar la situación y guardarse las palabras para expresarlas en el momento y en la forma adecuadas. Si participan en cualquier escaramuza que se les presente, al final, salen perdiendo porque desgastan su imagen y su credibilidad. Peor aún si ponen en evidencia que en determinados momentos pueden verse desbordados por sus reacciones, confirmando que no son las personas adecuadas para tener en sus manos altas responsabilidades. Continuar por esa línea solo acumula sospechas sobre sus reales intenciones.

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