Pablo Ortiz García

Cadáveres escondidos

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Ecuador está alejado de las organizaciones internacionales donde la presencia activa es necesaria. Allí se adoptan decisiones sobre temas de trascendencia mundial. Antes asistía con el prestigio que le otorgaba una política internacional pública basada en principios coherentes, como aquel por el cual no se aceptaba la anexión de territorios tomados por la fuerza de las armas.

Tan unidos y convencidos estaban los ecuatorianos de las decisiones llevadas adelante por funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores, que durante años Ecuador no apoyó la política de Israel.

A Ecuador no se le toma en cuenta en organismos internacionales. Tiene participación en aquellas instituciones en las que se reúnen los “compadres” de una tendencia política.

¿Acaso se ha pensado que este “Ecuador soberano, desde siempre y hasta siempre” tenga un representante en el Consejo Seguridad de las Naciones Unidas (N.U.)? Ecuador ocupó un puesto en ese importantísimo Consejo. Hoy se le visita con el objeto de conseguir el respaldo ecuatoriano a los candidatos nominados por otros países para que ejerzan funciones claves en la política internacional.

La Constitución dispone como una de las atribuciones del Presidente de la República “definir la política exterior,… nombrar y remover a embajadores y jefes de misión” (147.10). En cuanto a definir la política exterior, este Gobierno “no ha hecho su tarea”. Es reactivo, no proactivo. Antes de la Revolución Ciudadana, el país colaboró en la elaboración de doctrinas de importancia para la comunidad internacional.

Tuvo ilustres representantes en organismos mundiales, por ejemplo, Leopoldo Benítez Vinueza (en el Consejo de Seguridad de las NN.UU.); Diego Cordovez (mediador en el conflicto de Pakistán); José Ayala Lasso (Alto Comisionado de Derechos Humanos de las Naciones Unidas); Galo Plaza, con el prestigio ganado por su política internacional cuando ejerció la primera magistratura del país, fue enviado de las NN.UU. a mediar en el problema de Chipre, isla que se la disputaban Grecia y Turquía.

Hoy no hay servicio exterior. Sus miembros, en una gran proporción, no saben representar, menos adentrarse en la cultura del pueblo ante el cual han sido designados. Esto me lleva a agradecer a la señora del Embajador de Corea, que en la recepción por la fiesta nacional de esa nación, vestida con un elegante traje típico coreano, cantaba con solemnidad y respeto el Himno de la República del Ecuador. Hermoso gesto que dice mucho de una señora que en reciprocidad por lo que le ha brindado el país en que reside, aprendió la letra del himno.

Los nuestros ni siquiera asisten a las recepciones, ya que no quieren se les identifique como “momias cocteleras”, lo que es preferible a ser “cadáveres escondidos”.

Pablo Ortiz García / portiz@elcomercio.org