Grace Jaramillo

El desencanto

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Desde que era pequeña, siempre decía que era de izquierda. Es más, a mi abuelo le decía que era comunista a propósito para que se le paren los pelos de punta porque su papá fue condecorado por Eloy Alfaro y no podía entender mi desatino. Para mí, ser de izquierda era lo natural porque venía de un familia trabajadora y de tiempo en tiempo pobre, que se pasaba la vida tratando de conseguir trabajo fijo por sus propios medios, sin recurrir a palancas que no tenía. Por supuesto, la mayoría de veces iba mal, porque ese “sistema” –el nuestro- nunca fue meritocrático y a mi familia simplemente no le pasaba adular al capataz de turno.

Como muchos, también anduve con un libro de Marx bajo el brazo y con canciones protesta en mi grabadora casera desde los 12 años. Pensaba que –como decía Marx en el Manifiesto del 48- si todos los proletarios nos uníamos, finalmente el sistema funcionaría en forma justa y equitativa. Pero un día mi papá me llevó a Cuba, en uno de sus viajes de trabajo. Yo realmente esperaba llegar al paraíso que había leído del Che. Era 1986 y después de escuchar por mí misma el discurso de Fidel por un aniversario más del asalto al Cuartel Moncada, todo se derrumbó. En mi camino de regreso al hotel, decenas de niños pobres, pobrísimos me cercaban pidiendo algo de comer, cualquier cosa, aunque sea un chicle. La nube de niños casi desnudos se chocó con algo peor, unos jóvenes, que decían ser del comité de defensa de la revolución poniendo contra la pared a otros jóvenes y amenazándolos con bates.

Comprendí que cambiar un sistema económico siempre trae consigo un costo aberrante en términos de vidas y derechos humanos. La búsqueda de la justicia y la equidad no tienen sentido sin poner primero la libertad.

El cuento viene al caso porque es doloroso ver a la izquierda ecuatoriana dividida y de paso empantanada en debates interminables sobre el sistema capitalista, el neoliberalismo y el imperio. La izquierda está suponiendo mal que la prioridad de la mayoría de seres humanos –al menos en el Ecuador- es dejar atrás el capitalismo, cuando tenemos debates tan terrenales y urgentes como la necesidad unirse a favor de la libertad de pensar, de protestar y de accionar de todos los ciudadanos sin distinción de edad, credo político o etnia; de dejar ser jóvenes a los jóvenes y no envenenarlos con cárcel y condenas. La necesidad de discutir libre y ampliamente políticas públicas que nos atañen a todos. En síntesis, la urgencia del respeto, que debería obligar todos los signos políticos. Concentrarse tanto en la totalidad (el capitalismo) los aparta de lo esencial: cómo mejorar la vida de los seres humanos que están a su alrededor, especialmente los más humildes, pero respetando a toda costa sus preferencias y sus aspiraciones.

Creer que los pueblos siguen un solo modelo o peor, tener que seguir uno solo en el futuro, no es revolucionario sino totalitario.

gjaramillo@elcomercio.org