Monseñor Julio Parrilla

Custodios de la Casa Común

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En el tema de la ecología, como en tantos otros, el Papa Francisco nos invita a caminar sin perder el gozo de la esperanza. Días atrás he participado en un encuentro de la Red Eclesial Panamazónica con más de 150 agentes de pastoral social, comprometidos con el desarrollo sostenible de un planeta herido de muerte por la codicia humana. Hombres y mujeres que en los distintos países amazónicos luchan para conservar la Casa Común y promover una ecología de rostro humano, amigable e integral.

Para muchos políticos, enfrascados en sus delirios de grandeza, resulta fácil decir que somos ecologistas infantiles, ingenuos de tomo y lomo, inútiles para los negocios, arcaicos y retrasados. Acertarían si nuestra razón de vivir no fuera otra que explotar la tierra y el hombre, ganar plata y acumular parcelas de poder. Lo cierto es que nuestras ambiciones son otras. Por eso, nos toca poner el dedo en la llaga de tantos conflictos que, en los últimos años, se han venido incrementando en Latinoamérica y, particularmente, en el Ecuador. Actividades mineras, petroleras, agrícolas,… que nos interpelan e inquietan, porque vemos que el cuidado del hombre y de la casa roza ya el desastre.

Frente a la explotación de empresas y gobiernos, duele la indiferencia de tantos, incluidos muchos medios de comunicación, que desconocen el impacto del extractivismo salvaje en el clima y en el agua, la relación entre actividades extractivas y pobreza y los conflictos socioambientales que nos machacan sin piedad. Así, la razón inmediata y utilitarista se pone al servicio de la idolatría del capital y se aleja de la dignidad humana, hasta el punto de arrasar las fuentes de la vida.

Puede que en estos temas yo me haya vuelto un poco poeta. Pero no menos que aquellos que defienden sus intereses. En función de ellos, nos cantaron sin denuedo las bondades de sus negocios y el futuro espléndido que nos esperaba. Todo era maravilloso. A un lado quedaron los pueblos no contactados, condenados a desaparecer, las consultas previas a las comunidades, el respeto de la naturaleza, de la biodiversidad, del ambiente, del cambio climático, de las reservas del agua.

A los gobiernos de turno hay que pedirles que asuman plenamente su responsabilidad de proteger a las poblaciones más vulnerables y de hacer prevalecer, por encima de cualquier interés particular, el bien común de todos. La utilización de sustancias químicas y la acumulación de residuos tóxicos degradan el medioambiente y causan graves daños a la salud de los pueblos. Frente a políticos, consultores técnicos y funcionarios públicos inmorales que callan y otorgan, están aquellos que asumen el riesgo de alzar su voz y, como en el caso del obispo Labaka y de la hermana Inés, regar con su sangre la tierra amada.

No somos los dueños de la tierra. Solo somos sus custodios.

jparrilla@elcomercio.org