Vicente Albornoz Guarderas

Una muerte adecuada

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La palabra ‘muerte’ suele estar asociada a algo malo, pero en el caso del dinero electrónico, esa ‘muerte’ es algo muy positivo.

Porque lo que murió es algo que, además de ser inherentemente equivocado, tenía un inmenso potencial destructivo. Por otro lado, también habrá que rendirle el merecido homenaje al héroe que impidió que esa bomba de tiempo se activara: el pueblo ecuatoriano y su inmensa desconfianza hacia ese intento de embuste.

El concepto de ‘dinero electrónico’ es extremadamente amplio. Una posible definición sería “dinero que se puede transferir por medios electrónicos”, o sea incluye cualquier transacción que una persona haga desde su computadora, cualquier pago que se haga a través de la internet, etc., lo cual es una definición demasiado amplia como para analizar lo que por un tiempo existió en nuestro país y que, afortunadamente, ha dejado de existir.

Pera el caso ecuatoriano, el ‘dinero electrónico’ son depósitos, mayoritariamente de personas naturales, en el Banco Central del Ecuador, que pueden transferirse usando un teléfono celular. En este punto ya se puede ver cuán absurdo es todo el tema desde su mismo inicio, porque los bancos centrales no existen para tener depósitos de personas naturales, menos aún, depósitos pequeñísimos. Y dado que mucho de lo que existe como dinero electrónico viene de devoluciones del IVA, la mayoría de los depósitos deben ser ínfimos.

Los bancos centrales existen para garantizar la solidez de la moneda, para garantizar el funcionamiento del sistema de pagos, para preocuparse de cosas grandes, muy grandes y no para administrar centenas o miles de micro cuentas corrientes. Por lo tanto, incluso para un banco central que tenga una moneda propia, la idea del dinero electrónico es absurda.

Pero el problema real existe para los bancos centrales de países que no tienen moneda propia y que tienen gobiernos tremendamente deficitarios que están dispuestos a obligar a sus bancos centrales a que les presten dinero, sin considerar que eso debilita la solidez de la moneda ‘ajena’ que su banco central debe administrar (cualquier persona que lea este párrafo con atención se dará cuenta que esa descripción aplica, de todos los países del mundo, únicamente para el Ecuador entre fines de 2014 y mayo 2016).

Porque en los países que cumplen con esas características (tener un banco central que, por prestarle al gobierno pueda ‘crear’ dinero electrónico) es abrir la puerta para la emisión inorgánica, es abrir la puerta para algo equiparable con la creación de dinero falso, dinero que se hubiera creado para financiar a un gobierno en campaña, dinero que no prosperó porque el pueblo ecuatoriano nunca le tuvo confianza y nunca popularizó su uso.