Óscar Vela Descalzo

¿Guerra santa o santa guerra?

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Los últimos hechos de sangre perpetrados por fanáticos islámicos en París han marcado el inicio de un año que, al parecer, será más violento que el 2014 en el que los miembros del denominado Estado Islámico ya demostraron lo que son capaces de hacer en defensa de su dios y de la fe que dicen profesar.

El ataque al semanario satírico francés Charlie Hebdo, además de las macabras imágenes y del dolor ocasionado, deja al descubierto varias interrogantes y demasiadas áreas oscuras sobre esta avalancha sanguinaria disfrazada de guerra santa
(la yihad en lengua árabe), que ha sufrido el planeta en este siglo desde el apare­cimiento oficial del Estado Islámico con
su líder, el delirante Abu Bakr al-Baghdadi, a la cabeza.

Si ahondamos un poco en las aparentes causas y efectos de los últimos ataques terroristas y de las espeluznantes ejecuciones de los yihadistas, descubriremos con horror que la mentada guerra santa es nada más una fachada que permite a los extremistas por un lado alcanzar notoriedad mundial y por otro reclutar adherentes incondicionales que ejecuten por sí mismos y con gran espectacularidad sus golpes criminales.

Sin embargo, las razones ulteriores de estos hechos de sangre deben ser mucho más poderosas -y bastante más terrenales- que las manoseadas palabras sagradas de ciertos profetas. Entre esas razones estarán sin duda disputas de poderes políticos, el control de espacios económicos, ciertas hegemonías territoriales, negocios turbios de armamento, mafias del narcotráfico o lavado de dinero…

Evidentemente toda guerra santa para justificarse como tal debe tener una génesis y un objetivo de índole religioso: una fe o un dogma que se creen amenazados, un dictamen divino que debe ser cumplido incluso por encima de la ética y la razón, un espacio de poder terrenal reclamado desde las alturas por los siglos de los siglos, un afán imperialista y colonizador consuetudinario de los ‘elegidos’, o cualquier otra barbaridad que justifique las atrocidades cometidas en el nombre de sus respectivos dioses, pues, por algo, las religiones han sido desde siempre el invento más perverso del ser humano.

Y la receta de la perversión funciona a la perfección cuando un demente de esos que le sobran a la humanidad decide por su fe arrasar con tales o cuales grupos humanos, y basta también que aquellos que se sienten amenazados se defiendan confundiendo a los agresores con todos los fieles o seguidores de una religión.

La respuesta a los actos terroristas no puede ser por tanto el terrorismo de Estado, así como la respuesta a la barbarie no debe ser jamás la persecución y la segregación a quienes profesan un culto distinto.

La generalización que provoca el miedo y la ignorancia solo conducirá a cometer errores e injusticias, y, al final, los criminales se saldrán con la suya, ya que pasaremos sin darnos cuenta de una supuesta guerra santa a la santa guerra que tantos ­están esperando.