Juan Valdano

Centenario de José Enrique Rodó

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Al anochecer del 1 de mayo de 1917 moría, en soledad y abandono, José Enrique Rodó en un cuarto de hotel de Salerno, ciudad italiana en la que estaba de paso. Había nacido en Montevideo el 15 de julio de 1871. Quienes lo conocieron de cerca hablan de una «persona reconcentrada, solitaria y tímida”. Más allá de esta imagen de “hombre pesado y gris” quedará para la posteridad el legado de un escritor excepcional, el guía moral de su generación.

A Rodó se le ha encasillado en la corriente del modernismo hispanoamericano. No hay duda, su ciclo vital coincide con el de los fundadores de este movimiento. Sin embargo, ya en su vida, Rodó marcó distancias conceptuales entre su pensamiento y el carácter del modernismo de Darío. Rodó es un modernista en tanto participa del mismo impulso renovador de las letras en castellano. A pesar de ello, no hizo suyas aquellas tendencias al exotismo, al decadentismo y al simbolismo conocidas como “ansiedad de fin de siglo” que caracterizaron a Darío. En Rodó no hay culto a lo crepuscular; otros son los rasgos de su pensamiento. El suyo es un modernismo filosófico cuyas raíces están en el siglo XIX, en el positivismo, el krausismo, el espiritualismo de Renán y Bergson.

En “Ariel”, su obra más conocida, Rodó apela a la juventud, a su idealismo, a su sentido crítico para emprender en una impostergable misión: la construcción de una nueva América Latina sobre los fundamentos de la democracia, la armonía social, la unidad de sus pueblos, el respeto a sus propias raíces. Por el momento histórico en que fue escrito “Ariel” (1899), no faltaron críticos que lo interpretaron como un alegato en defensa de la América española frente a la influencia anglosajona de los Estados Unidos. De ahí su Invitación a los jóvenes a mantenerse despiertos frente los cantos de sirena que traía la modernidad, la que llegaba con la naciente hegemonía de Norteamérica. “Aunque no les amo, les admiro”, dirá de los EE.UU., “pueblo de cíclopes” y del que no deja de elogiar la voluntad para el trabajo, la expansión de la educación y la libertad de conciencia. Y en el que condena la ambición y el afán expansionista.

Aquellos fueron tiempos de rupturas y desplantes. Para la mentalidad aristocrática de las clases pudientes latinoamericanas que gobernaron durante el siglo XIX, el advenimiento de la democracia significaba su retirada del drama de la historia. El triunfo de la masa era el triunfo de la horda. La democracia, declaraba Rodó, debe tener una dirección moral para evitar caer en “las impiedades del tumulto”, la mediocridad burguesa, el culto a la vulgaridad y el materialismo utilitario. Nuestra democracia, dice, debe permitir el ascenso de los mejores, la única aristocracia posible en pueblos recientes como los nuestros, la nobleza del espíritu, aquella que confiere la cultura.