29 de febrero de 2016 00:00

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Luis Eduardo Páez Rosero

Hace cinco años mi hijo fue diagnosticado un cáncer denominado linfoma de hodking. Luego de varios tratamientos que recibió en forma particular y en hospitales especializados aquí en el país, la ciencia se dio por vencida y fue derivado a “cuidados paliativos”, eufemismo con el cual hoy se conoce al desahucio médico.

Indagando posibles soluciones médicas encontramos que una medicación milagrosa (bentruximab), de altísimo costo, podía ser la solución, únicamente que esta no es distribuida en nuestro país ni mucho menos consta en el famoso “cuadro básico”. Estas ampollas se encuentran en Venezuela, destinadas exclusivamente a sus ciudadanos. La generosidad de la señora Roció Guillén de Jiménez, que donó nueve ampollas que tenía en su poder, posibilitó la administración de la primera dosis.
Ante la necesidad de continuar con el tratamiento, acudí a la señora embajadora de la República Bolivariana de Venezuela en el Ecuador, doña Carol Delgado, cuyos buenos oficios, tanto de ella como de su personal de apoyo, posibilitó una excepción humanitaria, y se pudo adquirir esta medicación en Caracas.

La mejoría de mi hijo es evidente. Por eso, me permito hacer público mi reconocimiento a tan distinguida diplomática que en demostración de hermandad latinoamericana y profundo humanismo, posibilitó la adquisición de las siguientes dosis necesarias, prescritas con acierto científico y calidad humana por la Dra. Amparito Basantes, oncóloga ecuatoriana de elevados quilates, con la cual se inició este milagro en la salud de mi hijo.

Es de justicia humana reconocer públicamente a las personas que trascienden sus funciones propias hasta encontrar la solidaridad con el dolor ajeno y procurar su alivio. Que Dios les recompense con abundancia.

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