Jorge Zavala Egas

Poder atroz

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14 de November de 2013 00:01

Suetonio en los "Doce Césares" nos pone en escena los emperadores atroces representados por las figuras de Nerón, Calígula, Vitelio y Heliogábalo. La idea que transmitió es que todo poder deviene atroz cuando está conferido a quien por su calidad humana intrínseca debe serle privado. Puede ser el atribuido a un emperador, a un juez, a un fiscal o a un burócrata.

Es preciso saber percibirlo, pues, de otra manera nos engañamos en cuanto a los enunciados que expresa, pues, por la investidura de quien los emite no constatamos la racionalidad de aquellos y, suponemos ésta, sólo por la posición de poder del sujeto que los pronuncia. En materia judicial es relevante, pues, nos enseña a tener permanentemente una postura crítica frente a decisiones que, por el estatus de quien las adopta, refleja apego a la verdad jurídica y, por tanto, a la justicia cuando no pasa de ser una parodia del discurso que ésta reclama y exige: es la indignidad del poder.

Ahora, en nuestro país, es común observar después de la "metida de la mano en la justicia" dictámenes fiscales y decisiones judiciales que aparentan, sobre la base del poder que detentan sus autores, ser discursos contentivos de verdad y, en consecuencia, que son práctica de la justicia. Sin embargo, al ser sometidos a una elemental revisión, resultan extraños a todos los principios y reglas del Derecho y, más allá de esto, alejados de toda norma ética o humanitaria.

La Función Ejecutiva exige obediencia debida a los órganos aplicadores del Derecho mientras ella se subordina a la política que, a su vez, siempre es nutriente de la propaganda insertada en la prensa oficial. Lo importante es, por ejemplo, si se cometió un crimen espectacular poder afirmar, en insustanciales ruedas de prensa, que los culpables han sido descubiertos, antes incluso que los imputados hayan podido siquiera balbucear la palabra defensa.

Lo atroz consiste en que los fiscales y los jueces están obligados seguir el guión y forjar, con autoridad, la condena concretada en dictámenes y sentencias que convierten la justicia en bazofia. Y así, todos disfrazados de justicieros, llenan cadenas nacionales con la supuesta decisión oficial de combatir el crimen. Nada importan los inocentes sacrificados ni las familias deshechas, regados a lo largo y ancho del Ecuador, al paso de la tropelía atroz.

La necesidad de señalar el origen ilegítimo de las acusaciones fiscales y sentencias injustas es para descalificarlas y, llegado al país «el día después», obtener su revisión por parte de la justicia transitoria. Seguro llegarán las reivindicaciones por parte de las cortes de justicia transicionales. Será necesario conocer los fallos dictados en ejercicio de la potestad punitiva, constituirán la prueba en el juicio al poder atroz que se ejerce.