Enrique Ayala Mora

Atahualpa, el símbolo

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16 de March de 2012 00:01

Atahualpa es una figura fundamental en la historia de nuestro país, no solo por haber sido el último inca del Tahuantinsuyo, que enfrentó la invasión europea, sino porque se lo ha considerado como un referente básico de la identidad nacional. Este rasgo se advirtió desde muy temprano, cuando en los años cuarenta del siglo XIX se conoció la Historia del Reyno de Quito, del padre Juan de Velasco. El legendario Reino de Quito se vio desde entonces como el inicio del Ecuador, que pocos años antes había nacido como un nuevo Estado. De este modo, se lo entendió como el fundamento de la nacionalidad ecuatoriana y a Atahualpa como su mayor expresión. Esta tendencia se mantendría a lo largo de la vida del país, hasta bien avanzado el siglo XX.

Historiadores y ensayistas se han adherido a esa visión básica y han reafirmado que el nacimiento y luego la defensa de las tierras andinas que cubren lo que hoy es Ecuador, y por fin, su enfrentamiento a los conquistadores y su macabro asesinato hacen de Atahualpa el eje de la nación ecuatoriana. Esta visión no fue de una sola corriente o tendencia. Fue común a todas las líneas de pensamiento y posturas políticas. Conservadores y liberales defendieron la misma visión. Desde los años veinte del siglo XX, con el surgimiento del socialismo y el indigenismo, el discurso de la nación adquirió mayor importancia. Entonces también se pensó en la necesidad de exaltar la figura de Atahualpa.

Benjamín Carrión, el pensador socialista que con mayor éxito sistematizó una visión nacional, publicó en 1934 su Atahuallpa. La obra, que es uno de los mayores esfuerzos por sistematizar la cuestión nacional, es una suerte de mixtura entre ensayo histórico y versión novelada de los hechos, que recoge las antiguas versiones sobre la existencia del reino de los scyris, de la grandeza de Quito y su papel luego de la conquista inca. Destaca la figura de Huayna Cápac y de su esposa quiteña, la más querida, y exalta la acción de Atahualpa como guerrero y gobernante, extendiéndose en su terrible captura y muerte.

La obra de Carrión reivindica la presencia de los indígenas en la historia del Ecuador y de Latinoamérica, pero no es indigenista radical ni milenarista. Más bien es un esfuerzo por hallar fundamentos para la “nación mestiza”.

Sin mayor preocupación por la precisión de los hechos, a partir de la escasa bibliografía que tenía a mano, se esmeró por dibujar la sociedad quiteña e inca, por destacar la acción del emperador quiteño, y por hallar en ello una base para la identidad nacional y latinoamericana. Se empeña sobre todo en hacer de Atahualpa un referente de la lucha contra la dominación social en el país y el subcontinente, que entonces emergía con fuerza.

Para ello se debía promover la unidad de todos los componentes de la nación en un solo proyecto.