Juan Valdano

Alfonso Reyes: el espíritu y la herencia

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Hace 127 años (el 17 de mayo de 1889) nació Alfonso Reyes Ochoa, escritor de feliz memoria para las letras de su patria y de América. Por su amplitud, su prolífica obra coparía una biblioteca entera; por trascendencia “es un pozo de delicias y de sabiduría”, como lo dijo José Luis Martínez.

Mexicano universal, hombre que nació para la literatura, que soñó en un mundo de comprensión y respeto entre pueblos y culturas. Murió en México D.F. en 1959.

Al igual que Montaigne, Reyes representa la libertad, la sensatez, el justo medio del ideal clásico, la lectura y la escritura, el humanismo superior. El talante estético, la vigilancia del estilo están presentes en su prosa erudita y mesurada ya escriba sobre historia, filología, crítica, filosofía o arte. Poeta, narrador, dramaturgo y traductor de Homero. Un humanista completo, atento a las vertientes del pensamiento de su época y pionero, a la vez, de nuevas percepciones.

En la década de 1930, años en los que en América Latina campeaba un nacionalismo cultural y el pensamiento indigenista, Alfonso Reyes, sin contrariar el valor de lo nativo, propuso su idea de la “inteligencia americana”. Se trataba de apreciar la innata capacidad de los pueblos de apropiarse selectivamente del legado europeo y configurar una nueva cultura sincrética y original. Él lo llamó “descubrir el Mediterráneo por cuenta propia”.

Todo escritor es hijo de su tiempo, heredero de una tradición que le precede y acredita. Nada ni nadie surge del vacío (exnihilo). Siempre hay un suelo del que se parte, una raíz que nos autoriza. El diálogo con el pasado es importante como la conversación con el presente.

Alfonso Reyes es ejemplo de ello, supo aunar tradición y modernidad. Fue uno de esos raros intelectuales de Nuestra América que luego de asumir la riqueza y originalidad de la raíz india, (la del Anáhuac, “la región más transparente del aire”) buscó apropiarse de lo más rico de la tradición de Occidente, aquella que nunca dejó de pertenecernos, la que nos llega con Fray Luís de León y Cervantes. Y si ellos siempre han sido los interlocutores, eso significa que nuestro diálogo fue con la latinidad entera, con Horacio, con Virgilio.

La cultura hispanoamericana es como uno de esos ríos de nuestra geografía, opulentos y colmados de humus procedente de distintas orillas, ya del Cañar o de Sacsayhuamán, agua en la que viajan los rostros de tantos pueblos que se miraron en ella, río siempre distinto y siempre el mismo, paradoja que desciende desde las laderas de Heráclito, allí donde aún resuena la proteica voz de Homero, tan antiguo y tan moderno, a la vez. Cierta vez dije algo que me dicta la raíz mediterránea y que probablemente a alguien incomode: al fondo de nuestra visión del pasado hay un derruido templo griego que emerge de entre las brumas de una historia común.

jvaldano@elcomercio.org