Fernando Tinajero

Una voz perdurable

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Alejandro Moreano es una de las voces mayores de mi generación, solo comparable con las de Bolívar Echeverría y Agustín Cueva. Estas dos últimas no han dejado de sonar con mucha fuerza aunque la muerte haya pretendido silenciarlas; aquella es una voz viva, incisiva e inquietante, que tiene todavía muchas cosas por decir. A cierta distancia de los tres, yo ubicaría a Juan Valdano e Iván Carvajal, cuyo talento y valor siempre he reconocido, aunque no pueda compartir todas las ideas que ellos enarbolan. Limitar mi enumeración a los nombrados no implica, desde luego, ningún menosprecio a los narradores y poetas de la misma generación, cuya obra ya se encuentra consagrada: significa solamente que estoy limitando la mirada a los mayores ensayistas del Ecuador contemporáneo.

Acaban de llegarme los dos volúmenes en los que Alicia Ortega ha reunido los más importantes ensayos críticos de Alejandro: “Pensamiento crítico-literario de Alejandro Moreano. La literatura como matriz de cultura” (Universidad de Cuenca, 2014). Volúmenes que no son solamente un homenaje a uno de los escritores más penetrantes que haya producido el Ecuador a lo largo del siglo XX, sino un hito en el quehacer literario de la crítica. Lejos de los tecnicismos que en las dos décadas finales del siglo anterior convirtieron a la crítica en un oficio esotérico, al que solo podían acceder los iniciados, el pensamiento de Alejandro se vuelca en estos textos con una clara voluntad de aproximación al lector, a quien busca siempre convencer de una visión que nunca olvida las resonancias políticas y humanas que toda literatura suele siempre despertar. Como él mismo afirma en uno de los ensayos antologados, los suyos son textos que siempre reivindican el valor del ensayo como género, distinto por lo tanto del estudio que suele escribirse en el ámbito de las ciencias sociales, pero no por eso menos dotado de una sólida argumentación sobre realidades objetivas: los textos literarios que juzga y valora, pero además los contextos de la sociedad y la época que completan siempre su sentido.

“Lírica de las ideas” –llamó alguien al ensayo, aludiendo de este modo a la fundamental carga subjetiva que hay en él. Por eso no hay ensayo aséptico ni enmascarado con ese disfraz de supuesta objetividad de la que se precian las ciencias sociales: las del ensayo son siempre páginas contaminadas de pasión humana, de intención política, de implicación filosófica. Los ensayos de Alejandro lo demuestran, tanto si concentran su atención en una obra singular, como si se abre a la consideración de panoramas de vasta dimensión. En todos los casos, sin embargo, muestra sin aspavientos ni alardes una erudición envidiable, casi nunca igualada por sus pares, de la cual se sirve para establecer relaciones y tejer puentes, marcar distancias,diferencias, coincidencias. Aquí y allá, como destellos poéticos, surgen constantemente las metáforas que muestran además, con originalidad pocas veces igualada, una singular capacidad de síntesis y simbolización, pero a la vez la presencia inexcusable del yo creativo que preside el pensamiento.