4 de January de 2011 00:00

Agonía y muerte

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Carlos Alberto Montaner

Con Carlos Andrés Pérez muere también el último gran representante de la Izquierda Democrática, una corriente ideológica internacional cuajada en América Latina a mediados del siglo XX. Fundamentalmente la formaban el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre (APRA), el venezolano Rómulo Betancourt (AD), el costarricense José Figueres (Liberación), el guatemalteco Juan José Arévalo, el boliviano Víctor Paz Estenssoro (MNR), el dominicano Juan Bosch (PRD), los cubanos Ramón Grau y Carlos Prío (PRC) y el puertorriqueño Luis Muñoz Marín (PP).

Todos, menos Haya de la Torre, gobernaron en sus respectivos países. Todos, menos Muñoz Marín, sufrieron persecuciones y exilios. Todos, menos Juan Bosch, que en 1963 fue elegido democráticamente y a los siete meses lo derrocaron los militares, hicieron reformas que dejaron profundas huellas en la sociedad de su tiempo. El primero en gobernar fue Arévalo en 1945, pero su obra no tuvo continuidad en la Guatemala de aquellos tiempos.

¿En qué creían? Eran demócratas convencidos, antimilitaristas, nacionalistas, anticomunistas, intervencionistas, estatistas y, en alguna medida, pronorteamericanos. Reconciliados con Washington y con el capitalismo, pensaban que los males se corregían mediante reforma agraria, nacionalización del crédito y el control estatal de servicios públicos “esenciales”. Aspiraban a formar clases medias nutridas y reclutaban a sus partidarios entre los trabajadores asalariados. Eran keynesianos en el sentido de que creían que el empleo, la inflación y la creación de riquezas podían modularse mediante los presupuestos. Eran también cepalianos al colocar barreras arancelarias para provocar la industrialización mediante la paulatina sustitución de importaciones por bienes producidos nacionalmente. Confiaban en la planificación económica como el camino.

En realidad, la Izquierda Democrática era la expresión latinoamericana de la socialdemocracia europea. Pero su ejercicio del poder no fue glorioso. En general, tras la experiencia de varios periodos de gobierno en diversos países, la sociedad descubrió que el estatismo, la planificación centralizada y gasto público excesivo, conducían a la inflación, la corrupción de la clase dirigente coludida con empresarios y cortesanos mercantilistas, la creación de burocracias parásitas que obstaculizaban la creación de riqueza.

Algunos políticos de la Izquierda Democrática, o sus sucesores, rectificaron los errores originales.

En Perú, Alan García fue un caso parecido. Su segundo mandato ha sido, felizmente, la negación del primero. ¿Qué paradigmas quedan en América Latina? Fundamentalmente: Chile -el de la Concertación y el de Piñera, que es el mismo con matices diferentes- y el alboroto chavista (nadie toma en serio la cleptocracia argentina). Ya no hay Izquierda Democrática. Se acabó.

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