Grace Jaramillo

El fin de la abundancia

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20 de May de 2012 00:01

Más gasto público, versus más ajustes y austeridad… Ojalá esta fuera la solución a todos los problemas. Me parece que la crisis que está viviendo España, Italia, Portugal, Francia y con mayor crudeza Grecia ha dejado de ser una disputa entre economistas neoliberales o neokeynesianos. Hemos iniciado una época de ajuste profundo en economías desarrolladas que dejaron de tener el dinamismo para pagar un oneroso estado de bienestar. El problema es que ni políticos ni élites están dispuestos a aceptarlo. Creo que estamos justo en un punto de quiebre, en otra “gran transformación” como lo relató tan brillantemente Karl Polanyi en el corazón mismo de las economías desarrolladas. Y es el momento de que todos despertemos y nos cuestionemos cuál va a ser nuestra actitud frente a una crisis mayor.

Para empezar es necesario aclarar que -con excepción de Francia y Alemania- la mayor parte de países europeos ha perdido paulatinamente su capacidad industrial. Y solo esa capacidad industrial pudo -de 1945 a 1970- garantizar el crecimiento de un estado protector, capaz de dotar de generosos servicios a sus habitantes y de, además, promover el desarrollo tecnológico de estos países. La cuerda siempre se rompe por el lado más fino y como era de esperarse los países de desarrollo tardío dentro de la Unión Europea, como Grecia, España, Portugal, Irlanda recibieron primero el golpe. Italia había perdido competitividad hace rato, pero su complejo sistema político había alargado un festín que no correspondían con sus finanzas. Francia, la madre del desarrollo estatal y de los beneficios sociales también se dejó llevar por la ilusión de la abundancia, idea alimentada hasta por la derecha francesa en el poder. Alemania pudo ajustar su economía a tiempo frente a los cambios en los sistemas de producción internacional. No quiere que se esfumen sus excedentes ganados a pulso, pagando rescates a socios que no quieren hacer ningún sacrificio.

El tema de fondo es que ya nadie quiere aceptar que es momento de hacer sacrificios y de generar compromisos sociales y económicos acordes con el potencial real de cada país. Hasta hace poco era relativamente fácil para un país endeudarse para seguir con esos compromisos, esperando que una bonanza económica cercana le saque del aprieto. Pero todo indica que eso ya no pasará más en la mayoría de países de la OECD. Incluso EE.UU. y Canadá están haciendo juegos pirotécnicos para pagar sus cuentas simplemente porque su economía no crece al ritmo de sus gastos.

Como siempre, el problema no es económico, sino político. Hay una realidad distinta que su clase política y sus electores se niegan a aceptar. Nadie quiere hacer cambios ni sacrificios, a priorizar gastos que deben hacerse por aquellos que ya no es posible sostener. Y, de seguir en este inmovilismo, arrastrarán a todos quienes dependemos del comercio a un callejón sin salida.