9 de octubre de 2015 11:31

El rugby, un escape de la violencia en barriadas de Colombia

Jóvenes colombianos juegan rugby en Cúcuta. Foto: AFP

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Agencia AFP
Cúcuta

“¡Tenemos que sacar a este niño!”. El entrenador está inquieto: la víspera, una pandilla irrumpió en moto en una de estas canchas polvorientas de la ciudad de Cúcuta, donde él enseña rugby a jóvenes colombianos, y se llevó a un jugador de apenas 10 años.

Bajo un sol abrasador, con camisetas desparejas o incluso usando sandalias sin medias, unos cuarenta adolescentes intercambian pases... ¡con la mano! En una Colombia fanática del balón redondo, el rugby comienza a abrirse camino, enfatizando en los valores de autocontrol y respeto, para frenar la violencia.

Fronteriza con Venezuela, Cúcuta, localidad de unos 500 000 habitantes, figuraba el año pasado entre las 25 ciudades más peligrosas del mundo, según la ONG Seguridad, Justicia y Paz, con sede en México.

Jóvenes colombianos juegan rugby en Cúcuta. Foto: AFP

“Aquí hay muchas pandillas, escuelas donde hay droga, contrabando y por encima, la lucha entre los narcos y la guerrilla por el control del sector”, enumera William León, de 30 años.

Como muchos colombianos, el entrenador está profundamente afectado por el conflicto armado que desgarra a su país desde hace más de 50 años. “Mi papá era policía. Una noche, la guerrilla puso bombas, muchas, contra la torre de comunicación”, recuerda, repentinamente emocionado.

Atraído por el rugby desde la universidad, este gigante amable, con una mirada que destila pasión, preside hoy los Carboneros de Cúcuta, uno de los 18 clubes de rugby que se expandieron por la ciudad.

“¡Adelante! ¡Rápido!”, grita, recorriendo el terreno donde las piedras se mezclan con pedazos de botellas, a dos pasos del impecable estadio de fútbol llamado Centenario.

Los céspedes y las lloviznas europeas están bien lejos. ¡Poco importan los 40 grados a la sombra! “El barro lo hacemos nosotros, con sudor y polvo”, bromea León, mientras distribuye pequeñas bolsas plásticas llenas de agua a su tropa.

Las tres H del rugby
León dirige también el programa Mas niñús jugando rugby, que pretende “apartar a los niños de la violencia”, gracias a las barras en forma de H de los arcos del rugby, para él símbolos de los valores de este deporte: “Humildad, Hermandad, Honor”.

Lo que comenzó a pequeña escala hace siete años, se extendió después en 14 colegios y ha involucrado a más de 600 niños, de entre seis y 17 años, de los cuales 150 son mujeres. Porque el combate por la equidad también es un valor importante a los ojos de León. “Las chicas se clasificaron para los Juegos en rugby a VII. Los chicos, no”, subraya.

Este éxito, conseguido sin patrocinadores y únicamente con algunos subsidios locales, atrajo la atención de la Cancillería de Colombia, comprometida con un programa de “diplomacia deportiva”, que se traduce en acuerdos de cooperación con varios países.

Jóvenes colombianos juegan rugby en Cúcuta. Foto: AFP

Por este medio, dos exjugadores internacionales franceses, Francis Ntamack y Cédric Desbrosse, cruzaron Colombia durante dos semanas. Miembros de la ONG Rugby French Flair, presidida por Jean-Baptiste Ozanne y que promueve este deporte en países desfavorecidos, han protagonizado formaciones y entrenamientos, desde Medellín a Bogotá, pasando por Apartadó y Cúcuta.

“Los jóvenes de aquí tienen la inteligencia del juego, la altura. Lo más duro es de hacerlos jugar juntos: en su complicada vida, están acostumbrados a pelearse solos”, explica Francis Ntamack, de 42 años, exjugador de Colomiers, del Stade Toulousain, y exentrenador del equipo de Brasil.

Para Cédric Desbrosse, de 43 años, entrenador de Givors, cerca de Lyon (centro-este) y también ex integrante de los “rojinegros ” de Toulouse, “ la idea es que integren el sentido de compartir, con pequeños juegos de pase, que se diviertan”.

Y que “así canalicen su violencia, la transformen en agresividad positiva”, agregó León.

Los adolescentes son entusiastas: tres veces por semana, Yurley Pérez camina 45 minutos para entrenarse, desde Los Olivos, uno de los barrios con peor reputación de Cúcuta.

“¡Me encanta taclear!”, asegura esta pequeña rubia de 15 años. Más reservada pero igual de motivada, su amiga Gabriela Caballero añade: “El rugby me enseñó a caerme y a seguir adelante”.

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