20 de octubre de 2014 13:32

Exjugador que perdió todo por alcohol pide que lo dejen jugar gratis

Jaime Córdoba, exfutbolista colombiano. Foto: El Tiempo de Colombia

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Héctor Fabio Gruesso/ El Tiempo de Colombia/ GDA

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Confesión de Jaime Córdoba, el futbolista que fue declarado promesa mundial de la Fifa en el 2008.

"Dios santo, perdona a este hombre que se ha excedido en el pecado. Te pido misericordia y una vez más, tu mano", repetía Jaime Córdoba mientras avanzaba desde la línea del medio campo hasta el punto penalti. Asfixiado, cobijado por el negativismo, iba camino a su juicio con la vida. Aún, el sentimiento de culpa lo invade, lo incomoda. Asume que el penal que falló en la final del repechaje del ascenso del 2012, entre su América y Patriotas, quizás fue un cobro acumulado que le hizo la vida. La bola no entró, como tampoco cuando pateó después su compañero Jairo ‘Tigre’ Castillo, y los ‘Diablos’ del América se fueron al infierno de la B, del que aún no han salido.

Tres años antes, la vida trataba a Jaime Córdoba con dulzura. Poco después de celebrar el decimotercer título del América –Córdoba anotó el tercero y último gol en la final frente al DIM–, la Fifa lo distinguió entre los 13 prospectos del mundo. Era una promesa para el fútbol mundial, como también lo era Carlos Darwin Quintero, el otro colombiano en aquella lista y que ahora es reconocido en el balompié mexicano. Tras el Torneo Finalización-2008, además, Córdoba fue reconocido, junto a Juan Guillermo Cuadrado (hoy, figura en Italia e indiscutido en la Selección Colombia) como revelación del campeonato colombiano.

Yo, pecador, me confieso

Pero él amargó su promisoria carrera con alcohol, con sus desmesuras, con la fiesta, con la rumba. "Si hubiera asumido con profesionalismo esa distinción que me hizo la Fifa, ahora estuviera en Europa. Me da ‘guayabo’ ver ahora a jugadores como Carlos Valdés, Pablo Armero y Adrián Ramos, compañeros míos en el título del 2008, porque estaba al nivel de ellos". Un “guayabo” que se convirtió en rutina, que lo puso varias veces en fuera de lugar y que ahora lo tiene rezagado, estigmatizado; arrastrando las cadenas de sus errores del pasado.

"El semestre pasado tenía pensado volver a comenzar, así fuera en el Dépor, que quedó de último en la B, pero todos los equipos tuvieron reparos por el tema de mi indisciplina. Siento que las puertas están cerradas, pero ojalá se vuelvan a abrir. Así me toque volver a empezar gratis, sin recibir sueldo, lo haré, pero quiero volver a jugar, por amor al fútbol y por cambiar la imagen que tengo. Quiero que de ahora en adelante se escriban páginas de gloria, porque cada vez que busco mi nombre en internet solo salen actos de indisciplina. Todavía estoy a tiempo".

Muy niño había decidido que el fútbol sería su profesión. A los 10 años, su padre lo llevó a una prueba en el Deportivo Cali, y fue uno de los seis escogidos de los 200 que se presentaron. Jugaba con el número 10 y era goleador. Antes había estado en las escuelas de Willington Ortiz, Hernán Darío Herrera y John Freddy Tierradentro.

A los 18 años, su antipatía con Ángel María Torres, vieja gloria del Cali (puntero derecho subcampeón de la Libertadores de 1978) y quien era su entrenador en la Primera C, lo hizo cambiar de bando. No soportó que lo sacaran del equipo y lo mandaran a darle vueltas a la cancha el día en que el entonces DT del primer equipo, Pedro Sarmiento, lo iba a observar en una práctica para un posible ascenso.

El 7 de octubre del año pasado fue, a hoy, su último partido profesional. Lo jugó para el Cúcuta. Fue contra el Pasto, seis años después de su debut profesional con el América que dirigía Diego Umaña, luego de que así lo sugiriera Álex Escobar, su asistente. Luego jugó en el Junior, donde vivió una prolongada parranda ("me volví aficionado al vallenato"). Retornó al América, y tras seis meses sin recibir salario y de reclamar mostrándoles a camarógrafos y fotógrafos su nevera vacía, fue fichado por Nacional. “Los dueños me dijeron que estaban muy contentos conmigo y que me iban a comprar, pero empecé faltar a la disciplina, hasta que no fui a una práctica. Ellos, allá, son muy serios, y me sacaron”, recuerda.

Y Córdoba volvió, otra vez, al América, pero con una condición: no le pagarían su salario durante el primer semestre del 2011. Aceptó. Pero todos sus días en Cali parecían un 27 de diciembre: de plena feria. "Seguí derecho muchas veces de la rumba al entrenamiento. Todos los jugadores grandes de ese entonces se daban cuenta: Julián Viáfara, Rubén Bustos, ‘Cocho’ Patiño… Banguero fue el único que me dijo que si seguía así iba a estar como estoy ahora", confesó.

Gastaba como un ‘duro’

Córdoba vive en un apartamento en el sur de Cali, lejos del desenfreno que hizo habitual en el barrio La Sirena, donde fue criado y donde, como dice, “gastaba la rumba y repartía plata como si fuera un ‘duro’. Malgasté todo y ahora vivo de la ayuda que me brinda mi familia”.

Se está recuperando de un esguince de rodilla, luce algo pasado de peso, pero reposado, junto a su esposa y sus hijos de 5 y un año. El padre del hogar desea que Jaime Miguel y Luciana no resbalen en la vida como él lo hizo cuando todo era dulzura. Espera redimirse y luego, por qué no, hacer el curso de entrenador. Quizás su culpa es tan profunda que desea ponerse en la piel de los líderes a los que les faltó.

"En el 2012, el profe Eduardo Lara dijo que metía las manos al fuego para que yo volviera al América, y me puso de capitán, pese a que los directivos no me querían; pero cometí el mismo error y me bajaron a las divisiones menores y luego me sacaron. Y en el 2013 estaba bien, jugando de titular, hasta que otra vez llegué mal. Ese día se me pasó el balón dos veces en la práctica, y Álex Escobar se dio cuenta. Me tuve que ir".

El penalti del juicio

"Dios Santo, perdona a este hombre que se ha excedido en el pecado. Te pido misericordia y una vez más, tu mano", repetía Jaime mientras avanzaba desde la línea del medio campo hasta el punto penalti. Esa noche del 17 de diciembre de 2011, lo miraban 35 000 personas presentes en el estadio Pascual Guerrero. Sentía que cargaba con toda la pesada historia del América: las decepciones en las cuatro finales de la Copa Libertadores, el pentacampeonato, las 13 estrellas en Colombia; incluso el narcotráfico y la Lista Clinton.

El club y el jugador juntaron sus culpas y, después de dar cerca de 30 temerosos pasos, el jugador llegó hasta el balón, lo acomodó sobre el lugar señalado por la cal, y volvió a orar, al tiempo que se impulsaba para dar un disparo. "Si lo tiro a la izquierda del arquero, donde había pensado inicialmente, lo hubiera hecho, pero en el último instante tomé la decisión de tirarlo al centro, y él (Carlos Chávez) me lo sacó con los pies. Sé que ese penal lo boté como castigo por todo lo malo que había hecho. Durante ese semestre llegué mal a todos los entrenos, y el profe Wilson Piedrahíta, el DT del momento, me tuvo mucho aguante".

Todo sucedió como una condena. "Había jugadores que ensayaron bien en los entrenamientos y que estaban por encima mío en el momento de cobrar, pero no quisieron patear. El profe preguntó: ¿Quiénes quieren cobrar? Y Jerson González, el ‘Tigre’ Castillo, Paulo Arango, Pablo Melo y yo nos decidimos. Y pasó lo que pasó". Lo que sucedió fue que Córdoba y Castillo fallaron y América perdió la categoría. Córdoba quedó bocabajo, como queriendo meter la cabeza bajo la tierra del Pascual Guerrero. "El descenso del América es lo peor que me ha pasado en la vida. Ese es el día en que más he llorado", dice.

Pareciera que Jaime hubiera asumido su contrición. Ahora, con 26 años, se lamenta por su prisa y sus malas decisiones, y parece tener recogimiento y un restaurado entusiasmo y se reacondiciona físicamente en un gimnasio. Desea redimirse y que Dios, y algún equipo, le den otra oportunidad.

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