26 de December de 2010 00:00

David Quiroz forjó su talento en el indorfútbol barrial

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Redacción Guayaquil

En la ciudadela Sauces 4 la bachata y la salsa se mezclan con el sonido ensordecedor de los pitos de los vehículos. Es uno de los sectores más transitados y uno de los más tradicionales de Guayaquil.

En ese lugar se siente el ambiente que caracteriza a un barrio. Las esquinas son el refugio de los jugadores de naipe, las tiendas son el lugar de encuentro de las amas de casa y los parques siempre están llenos de niños que con sus gritos, en ocasiones, hacen imperceptible el resto de ruidos.Ahí vive David Quiroz desde que tenía 7 años. Llegar a su casa no es complicado. Basta con mencionar su apellido y cualquiera da referencia de su domicilio. “Váyase hasta la esquina, gire a la derecha y va a ver una casa que es la más grande de todas. Es imposible perderse”, es la indicación que nos dio Esteban Prado, morador de ese sector.

Su carro Nissan Armada verde hizo más fácil la búsqueda. Se encontraba estacionado debajo de su casa, en uno de los parqueaderos colectivos que se encuentran por decenas en esa zona. ¿Aquí vive David Quiroz?, le preguntamos a un grupo de jóvenes que se encontraba completamente concentrado en una partida de 40, que era amenizada por las canciones del extinto salsero puertorriqueño Héctor Lavoe.

“Sí, es aquí”, respondió un joven con una voz ronca que superó a la de Lavoe. “¿Quiénes son ustedes?”, preguntó inmediatamente esa misma voz ronca. “Somos periodistas y tenemos una entrevista con él”, respondimos con un poco de temor. “Muéstrenme sus credenciales”, nos exigió. Ese requisito fue indispensable y suficiente para que Quiroz sea notificado sobre nuestra presencia en los exteriores de su domicilio.

Dos minutos después de aquel interrogatorio el jugador del Emelec descendió por unas escaleras que conducían al segundo piso de su casa. En el tercer piso las canciones del merenguero Elvis Crespo sonaban a todo volumen. Los globos de colores azul y plomo sobresalían por los balcones. Era el cumpleaños de Derian (2 años), uno de sus tres hijos.

Habían pasado apenas cuatro días después de que Quiroz y su equipo perdieron el título frente a Liga en el estadio Capwell. Estaba evidentemente afectado por aquello. Cuando se refería al partido, su voz bajaba de tono. “Mejor hablemos de otra cosa”, nos pidió después de decir que sentía que estaba en deuda con la dirigencia y con la hinchada eléctrica.

La carrera de David Quiroz empezó de una manera distinta a la de cualquier otro futbolista. Cuando fue niño nunca pasó por las divisiones formativas de un club y su salto a la Selección Nacional Sub 17 en 1999 se produjo directamente desde los torneos barriales de índor que se juegan en Guayaquil.

El impulso se lo dieron los técnicos Eduardo Granda y Ricardo Armendáriz, quienes en esa época dirigían a la Tricolor Sub 17. “¿Quieres jugar fútbol?”, le preguntó Armendáriz un día después de observarlo en un partido que se jugó en una cancha de cemento del barrio Sauces 4, en el norte de Guayaquil. Quiroz llegó a vivir a ese sector cuando tenía 7 años, después de abandonar el populoso Guasmo Norte, en el sur de la ciudad.

“Ese ha sido siempre mi sueño”, le respondió Quiroz al estratega que recién conocía. Esa respuesta fue suficiente y el volante de marca fue convocado inmediatamente. Armendáriz recuerda que le gustó “su seguridad con la pelota y la claridad que tiene para proyectar a sus compañeros al ataque”.

Esa misma seguridad para manejar la pelota la tiene a la hora de hablar. Cada palabra la pronuncia de una manera pausada.

Su carrera empezó a crecer luego de esa convocatoria. Más aún después de que el entrenador colombiano Hugo Gallegos lo llamó a la Selección.

La Sub 20 le dio la oportunidad de viajar en avión y al exterior por primera vez. Esto fue cuando realizaron una gira de amistosos por Europa. Pero ese viaje no solo le permitió aquello sino también encontrar un equipo.

Quiroz recuerda que a su regreso a Quito, un dirigente de El Nacional se acercó y le preguntó si pertenecía a algún club. “No”, le respondió e inmediatamente lo invitaron para que participara en un campamento que tenía como objetivo probar a talentos. Entre ellos se encontraba también Antonio Valencia. “Hicimos una linda amistad con él. Él es una persona muy sencilla y humilde”.

Su seguridad con la pelota dejó fascinados a los dirigentes del equipo militar. Tanto así que estuvo seis meses en el equipo Sub 20 hasta que el estratega Ramiro Blacut lo ascendió al primer plantel.

Atrás quedaron las dificultades que tuvo que pasar antes de ser futbolista. Quiroz trabajó desde los 7 años. Ayudaba a sus papás en la venta de carne en uno de los mercados del norte de la ciudad y, cuando terminaba la, vendía periódicos y revistas en las esquinas. Cuenta que eso y el fútbol lo alejaron de los constantes enfrentamientos que el colegio Aguirre Abad, donde estudió la secundaria, tenía con el Instituto Tecnológico Simón Bolívar. “Nunca tiré una piedra”, dice entre risas.

Trabajar desde pequeño lo ayudó a plantearse objetivos. Uno de ellos era tener un negocio propio. Y hace dos años lo logró. Su tiempo lo comparte entre las canchas de fútbol, los entrenamientos y su compañía de transporte pesado. Tiene una flota de camiones que se encarga de transportar alimentos a distintas provincias.

Su oficina es también una galería de recuerdos gráficos. Sobre la pared hay un sinnúmero de fotografías de su paso por El Nacional, Barcelona, Emelec y la Tricolor.

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