5 de February de 2012 00:01

El alma del balón tiene nombre de mujer...

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Alejandro Ribadeneira

Hace ya seis años, el alma del balón ‘Made in Ecuador’ tiene nombre de mujer. Se llama Isabel, como la reina del país que inventó, o mejor dicho, reglamentó el balompié. Su apellido es Soria. Sí, como la marca de esos balones con que jugaban nuestros padres y abuelos, cuando los ecuatorianos eran hinchas de Liga o Barcelona, pero también de Politécnico, Everest, Patria o América.

Isabel Soria heredó el negocio de su padre, don Ángel, un tenaz fabricante de balones que dejó su huella. Pero también recibió algo sublime: el prestigio de una leyenda. Cuando don Ángel falleció, en el 2005, Isabel Soria decidió mantener el legado familiar. Había otros tres hijos, pero Isabel dio el paso al frente. “Tranquilos, que yo me hago cargo”. Dejó atrás su vida en Quito -trabajaba en la Superintendencia de Bancos- y regresó a su natal Ambato.

El fútbol no le era ajeno. No se puso estoperoles y canilleras porque antes las mujeres que osaban patear una pelota eran ‘machonas’. Mejor no. Con entender el funcionamiento del taller y ayudar a papá bastaba.

Siempre estuvo atenta al oficio de su padre, quien desde 1955 fabricaba las pelotas con cuero natural y las cosía a mano, junto con un puñado de empleados. Ángel Soria no era el único artesano del balón, y menos en Tungurahua, cuyos fabricantes conocen los secretos del cuero; pero su habilidad para lograr pelotas resistentes, la meticulosidad de su hilvanada y su obsesión por la calidad lo convirtieron en el más exitoso.

La historia del balón Soria es la de buena parte de nuestro fútbol, cuando la división entre aficionados y profesionales no era tan profunda como en estos días. Llegó a ser la pelota oficial del Campeonato Nacional, distinción que se mantuvo hasta 1980.

Ambato no solo era la tierra de los Tres Juanes, del buen pan y de las manzanas. Si alguien quería un balón de índor de alta calidad, debía tomar un bus hacia esa ciudad. Estrellas como Pelé, Alfredo Di Stéfano y Ubaldo Rattin recibían un Soria de cortesía cuando pasaban por Ecuador. Y desfilar en la inauguración de los deportes con ese esférico colgado de una malla era un ritual.

Isabel Soria es consciente de la enorme historia que se respira en su pequeño taller, ubicado en la calle Solano, en el centro de Ambato. Por ahí han pasado muchos artesanos que luego montaron sus propios negocios, aunque ninguno alcanzó el nivel de producción de Soria, cuya clave también fue la constante innovación.

Siempre estuvo modernizando su maquinaria. No le pesó reducir la producción del balón de cuero para introducir, en 1985, la pelota con termosellado y de materiales sintéticos, quizás menos romántica, pero más impermeable, funcional y económica.

Con la llegada al país de los balones ultramodernos y globalizados (y caros), con el sello de la FIFA, el balón del Ángel Soria ya no tuvo cabida en las elegantes repisas de los ‘malls’. Pero el Soria sigue vivo en ligas barriales, tiendas deportivas, escuelas de fútbol y torneos empresariales.

El taller aún es dinámico y con espacio para nuevos productos. Isabel Soria, que actúa como gerenta y ejecutiva de la empresa, introdujo otros productos. Se elaboran balones de vóley y de ecuavóley, pesaditos como les gusta a los clavadores de El Ejido. También se fabrican balones con logotipos de las empresas y esféricos aptos para el fútbol-sala.

Incluso se confeccionan pelotas de cuero natural. Algunas son verdaderas joyas con cascabeles hábilmente adheridos por dentro, ideales para los no videntes.

Isabel Soria conoce todo sobre manufacturar balones, pero no crea ninguno. Eso lo deja a sus auxiliares, que son como una familia. Uno es Leodán Ortiz, que hace honor a su artístico nombre con una gran habilidad en cada paso para la fabricación de la pelota: enmallado del bleris (aunque esta bolsa de látex fue reemplazada por el mucho más eficiente butil), vulcanizado, termosellado…

Ortiz tiene 12 años en la empresa y aprendió el oficio del propio Ángel Soria, con quien también compartió una pasión especial: el amor por Macará.

Otros de los colaboradores son, literalmente, de la familia. Uno es José Francisco Mayorga Soria, de 19 años, nieto y alumno de don Ángel. Reparte su tiempo en el taller con los estudios de Ingeniería Agrónoma. El abuelo le enseñó todos los secretos de la manufactura y puede hacer un balón en una hora, sin ayuda.

La factoría también es una cápsula del tiempo. Además del estilo de la pelota (el incombustible diseño de pentágonos negros y hexágonos blancos), se conservan en sus paredes recortes de periódico, con Ángel Soria posando con diversos equipos, como River Plate.

Isabel acepta que su pelota está atada a la nostalgia, pero se siente orgullosa del producto de su taller. Es el balón del pueblo, que no necesita piratear una marca. Con eso cumple cada día el sueño de su padre: fabricar un balón ecuatoriano que los hinchas miren con veneración.

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