22 de junio de 2014 00:00

Las famosas pastas italianas se ganaron un espacio en Curitiba

En Curitiba hay una gran cantidad de migrantes italianos. Ellos se establecieron en la zona y pusieron restaurantes. Foto: Marcos Vaca, desde Curitiba/ EL COMERCIO

En Curitiba hay una gran cantidad de migrantes italianos. Ellos se establecieron en la zona y pusieron restaurantes. Foto: Marcos Vaca, desde Curitiba/ EL COMERCIO

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Marcos Vaca Morales. 
Desde Curitiba
Curitiba
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Uno debe aprender a decir que no, especialmente si se visita el restaurante Velho Madalosso. Aquí se puede comer pasta italiana que da gusto.

La culpa la tiene el taxista Samuel Cordeiro del pequeño municipio de Sao José dos Pinhas, cercano a Curitiba. El pedido era ir al barrio Santa Felicidade en Curitiba para conocer cómo los italianos se asentaron en esta región.

Vayan al (restaurante) pequeño decía el taxista porque en el grande la atención no es rápida, ya que es tan grande que es el segundo en el mundo.

El Madalosso (grande) puede recibir hasta unas 4 000 personas y por fuera sí luce grande. Este restaurante está considerado como el más grande de América Latina, pero en esta ocasión es mejor es escuchar a los taxistas.

Para entrar al Velho Madalosso, que es del padre de la familia que empezó el negocio, hay que anunciarse para que le den mesa. Los comensales entran y salen. La mesa está lista en 15 minutos. Da curiosidad porque casi todos se ven contentos.

Pero antes se debe informar sobre la historia del lugar. En las paredes está escrito que empezó cuando los fundadores Antonio D. Madalosso y Rosa Fanadenillo Madalosso buscaron un buen clima para el cultivo de uvas finas y llegaron a Santa Felicidades en 1949.

Eran hijos de inmigrantes italianos que llegaron de la ciudad de Treviso, en la región de Veneto, Italia, y en 1963 abrieron un pequeño restaurante.

En Curitiba y gran parte del sur y sureste brasileño recibieron tal cantidad de migrantes italianos que hoy sus descendientes llegan al 18% de la población. Los italianos empezaron a llegar en las últimas tres décadas del siglo XIX.

Santa Felicidade es producto de esa migración. El barrio está lleno de restaurantes italianos y viñedos, especialmente en la avenida Manoel Ribas.

La tradición alcanzó estándares internacionales y el boca a boca hizo que un taxista, de origen portugués, la recomendara. Una vez en la mesa, solo como entrada, sirven risotto, ensalada de lechugas, ensalada de papas y alitas de pollo. De ahí empiezan a desfilar los meseros con todo tipo de pastas y carnes. Espagueti a la boloñesa, lasaña... más ensaladas y da ganas de probar todo de a poquito, pero llega un momento que se debe decir no.

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