26/05/2014

11 toros salieron a la plaza durante el decimocuarto festejo de San Isidro

El diestro Alberto Lamelas sufre un revolcón ante uno de sus toros, durante el decimosexto festejo de San isidro celebrado el 25 de mayo en la plaza de Las Ventas. Foto: EFE

El diestro Alberto Lamelas sufre un revolcón ante uno de sus toros, durante el decimosexto festejo de San isidro celebrado el 25 de mayo en la plaza de Las Ventas. Foto: EFE

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EFE
Madrid

Los tres toreros del cartel se mostraron por encima del saldo ganadero que se lidió en el desastroso festejo de ayer, 25 de mayo en Las Ventas, en el que salieron hasta once toros, cinco de ellos devueltos a los corrales, a lo largo de más de tres horas.

FICHA DEL FESTEJO:
Tres toros de Peñajara, descastados y de nulo juego, con peligro el sexto; uno de Los Chospes (3º), con genio, uno de Conde de la Maza (4º), reservón, y uno de La Rosaleda (5º), a la defensiva.

Fueron devueltos a los corrales, por distintas causas, tres de los titulares de Peñajara, uno de El Cortijillo y uno de Torrealba. De muy desigual presencia todos, pero mayoritariamente de feas hechuras.

Víctor Puerto: estocada delantera desprendida (silencio); estocada corta caída (silencio). Eugenio de Mora: dos pinchazos y estocada desprendida (silencio); pinchazo y estocada trasera (vuelta al ruedo tras petición de oreja). Alberto Lamelas: media estocada atravesada (ovación tras aviso); pinchazo y media estocada baja (silencio).

Entre las cuadrillas, buena brega de Juan Carlos Ruiz con el segundo. Decimoséptima corrida de abono. La plaza se cubrió en algo más de las dos terceras partes de su aforo, en tarde ventosa.


LOS DOMINGOS, DESASTRE: 
Si alguien pensaba que en esta feria de San Isidro no podía repetirse un festejo tan pésimo como el del pasado domingo, se equivocó. Pues el ya habitual desastre ganadero del último día de la semana no sólo volvió a repetirse ayer, 25 de mayo, en el ecuador del abono, sino que tuvo todavía mayores proporciones.

A lo largo de tres largas horas de corrida salieron al ruedo de Las Ventas hasta cinco sobreros, de otros tantos hierros, para sustituir a varios de los cornalones e inválidos titulares de Peñajara y a algún otro remiendo de la misma calaña o que se inutilizó durante la lidia.

Esta bochornosa limpieza de corrales y de cercados, impropia de una feria de la categoría de la de San Isidro, ofreció como resultado un festejo desesperante y plomizo, sólo salvado por la buena actitud y el oficio de los tres toreros de la terna, que salvaron los muebles como buenamente pudieron.

Todas las devoluciones a los corrales se vivieron en la primera parte de la corrida, que concluyó cuando Alberto Lamelas estoqueaba al tercero pasadas ya las dos horas de desastre.

Hasta entonces Florito, el mayoral de la plaza, había tenido trabajo extra arreando a los bueyes y moviéndose con celeridad por los laberínticos corrales de la plaza para encontrar nuevos remiendos con que suplir la invalidez de los titulares de Peñajara.

Víctor Puerto, al igual que hizo con el reservón toro cuarto, lidió con brevedad y solvencia al flojo pero geniudo primero, después de haber tenido que parar con el capote a otros dos complicados toros más, finalmente devueltos. No tuvo más opciones el manchego que las de demostrar su experiencia.

Eugenio de Mora debió ilusionarse con las buenas embestidas que tuvo el segundo hasta que lo banderillearon, pero fueron sólo un espejismo que ocultó la auténtica falta de fondo del animal.

El torero de Toledo se encontró luego, tras correrse turno, con un sobrero de La Rosaleda que, al menos, le ayudo a poner cierta emoción por su aparatosa manera de defenderse a cabezazos. Mora, también con muchas batallas libradas, acertó a someterlo y a imponerse en una faena de toma y daca que el presidente se negó a premiar pese a la fuerte petición de oreja.

El más nuevo de la terna, el jiennense Alberto Lamelas, tuvo otro pésimo lote, sólo que el suyo desarrolló un peligro más o menos evidente. El sobrero de Los Chospes no enseñó tanto al público sus complicaciones, aunque las tuvo sobradas y aumentadas a causa del viento que molestó toda la tarde.

A pesar de todo, Lamelas se asentó con él con un valor natural, muy decidido, hasta meterse muy cerca de los pitones en señal de autoridad, para llevarse antes de matar una fortísima y fea voltereta al intentar adornarse con unas bernardinas ya fuera de lugar.

El sexto, este de Peñajara, sí mostró a las claras su "guasa", embistiendo y ciñéndose con los pitones por encima de los capotes y de las muletas. Lamelas se dilató muy generosamente para mostrar su voluntad de triunfo, que no llegó a conseguir cuando el reloj pasaba ya de las diez de la noche.

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