El primer festejo tuvo mucho más oficio que pasión taurina

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Paco Aguado, EFE

La plaza de La Maestranza (Sevilla) se cubrió en algo menos de la mitad de su primera corrida de toros de la que la empresa ha dado en llamar como "la feria del futuro", por su apuesta por toreros emergentes para compensar la ausencia de figuras.

Y también primer festejo para la preocupación, desde que la terna de espadas no apostó lo suficiente para aprovechar de pleno la oportunidad que brindó una manejable corrida de Montalvo.

Bien es verdad que el salmantino Juan del Álamo estuvo a punto de conseguirlo con una media faena vibrante al segundo de la tarde, aunque finalmente se lo impidieron sus fallas con la espada.

Ese segundo ejemplar de la divisa charra de Montalvo fue un cinqueño colorado y todavía con el pelo del invierno que no prometió nada en los primeros tercios, pero que rompió a embestir con temperamento una vez tocaron a matar.

Del Álamo, muy firme desde el primer momento, aguantó con asiento las primeras oleadas del toro hasta que, a base de bajar la mano, hizo que el animal cogiera ritmo y recorrido en su embestida.

Una buena serie con la derecha y otra soberbia de naturales en su mitad fueron la cumbre de un trasteo que fue decayendo a medida que Del Álamo dejó de exigir al toro en un final que se dilató tanto que acabó también perjudicándole para ejecutar con garantías la suerte suprema.

Luego, errático y precipitado en todos los encuentros con la espada, el salmantino se negó a sí mismo la posibilidad de cortar una oreja más que posible.

El quinto, de gran finura, fue bravo en los primeros tercios y tuvo varias embestidas con calidad y recorrido que Del Álamo no apuró con ajuste, hasta que llegó el momento en que el Montalvo se rajó y tomó el camino de las tablas.

El toro más completo y destacado de la corrida fue el cuarto, otro cinqueño que llegó con nobleza y cierta calidad a la muleta, a pesar de la mala lidia en los primeros tercios.

El sevillano Antonio Nazaré le toreó siempre con fluidez y suavidad, en series con las dos manos, pero sin llegar a apurar lo suficiente el tramo final de los pases y de cada arrancada.

La faena, estimable, correcta, templada, se vivió sin pasión en los tendidos, en reflejo exacto de lo que se veía sobre la arena. Con el primero, que se negó a embestir ya al salir del caballo, Nazaré no tuvo opción alguna.

Al mexicano Diego Silveti le correspondió un lote de toros de medianas prestaciones, ni buenos ni malos. Si acaso, lo único inquietante para el torero fueron las primeras embestidas de poca entrega del tercero por el pitón derecho, que Silveti aguantó pero no sometió.

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