1 de August de 2010 00:00

La constancia es la regla de vida de Quintero

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Alejandro Ribadeneira.

Es fácil pronunciar la frase “voy a subir una montaña en los Himalayas”. Son apenas ocho palabras. Pero cada vez que salen de la boca –o mejor dicho, del corazón- del escalador ecuatoriano Santiago Quintero, activan un proceso que dura seis meses de gestiones, viajes, riesgos y emociones.

Sortear al ángel de la muerte es el reto más obvio. En los Himalayas, a este ángel se lo mira a los ojos todo el tiempo, en cada precipicio, en cada pared de hielo que se niega a ser conquistada, en cada avalancha y en cada tormenta.En su última aventura por el Annapurna (Nepal), realizada el pasado abril, Quintero sufrió sus peores percances desde que viaja a Asia. Una avalancha sepultó dos de sus campamentos, que no son otra cosa que carpas con sleeping de supervivencia. La palabra ‘campamento’ hace pensar en estructuras de servicios. No es así.

Además, se lesionó una rodilla, en una ironía de la vida: Quintero, que fue delantero de las menores del Deportivo Quito antes de pasarse al andinismo, sufrió en el Annapurna una lesión de futbolista: distensión de ligamentos.

El Annapurna fue una lección para Quintero, pues debió aceptar la derrota, la cual tiene sus matices. Solo 150 personas han coronado esa elevación de Nepal. Han muerto el 53% de los expedicionarios que intentaron alcanzar la cumbre. Esa montaña es un cementerio de quijotes.

Uno fue el español Tolo Calafat, fallecido justo cuando Quintero estaba ahí. Calafat llegó a la cumbre de 8 091 metros, pero falleció durante el descenso en una avalancha. Su cuerpo no apareció.

La aventura de ir al Himalaya, en realidad, no empieza cuando el escalador instala su campamento base a 5 000 metros de altitud, ni acaba en la cumbre.

Para Quintero, todo se inicia seis meses antes, cuando se lanza a una campaña de recolección de auspicios. Golpea 50 puertas. La mitad se abre. Al final, solo cuatro o cinco patrocinadores desembolsan los recursos. Un viaje cuesta USD 50 000.

Quintero no cuenta con recursos para sostener un ‘staff’, así que todo lo resuelve personalmente, siempre con la colaboración de la colombiana Claudia Echeverry, su compañera desde el 2002 y convertida en una Steven Spielberg del montañismo: mientras Quintero dirige la ‘obra’, Echeverry se encarga de la ‘producción’.

Una vez reunidos los fondos, hay que armar la expedición con minuciosidad de auditor. Se debe llevar teléfono satelital, computadora, cámara de fotos, filmadora, tarjetas de memoria y GPS. Lo normal es que el frío destruya casi todos los aparatos.

El equipo de montaña es otro rubro que exige detalle, pues siempre se pierde algo en el avión o en los campamentos. Este año desaparecieron una linterna y una carpa de USD 700 diseñada para soportar vientos fuertes.

También hay que llevar un botiquín de medicinas específicas, vitaminas especiales para prevenir lastimaduras en los pies, plantillas y medias especiales de gel.

Luego de los cuatro días de viaje desde Quito hasta el Himalaya, pasa un mes adaptándose a la altitud de la cordillera asiática. El cuerpo debe crear los glóbulos rojos para que la sangre lleve el oxígeno al cuerpo y evitar graves problemas de salud.

Pasar los 7 000 metros es muy peligroso. Los montañistas llaman a este límite ‘la zona de la muerte’, pues es casi un suicidio dormir más de tres días a esa altitud. El cuerpo empieza a morir.

Por eso existen los llamados campamentos, generalmente tres, ubicados a diferentes niveles de la montaña. En ese mes, Quintero sube, duerme en uno de los campamentos y luego retrocede, en un proceso que requiere de disciplina y paciencia.

La diversión estaba prohibida en esos 30 días, generalmente marcados por dolores de cabeza. Por el ajetreo de organizar los 120 kilos de equipaje que trasladó al Annapurna, Quintero se olvidó de llevar música en un iPod. Mientras se adaptaba, le hubiera gustado oír algo de Inti Illimani, Gilberto Santa Rosa o, por último, Pink Floyd o Depeche Mode.

Cargar libros no es conveniente, pues aumentan el peso, aunque Quintero llevó a su última aventura el segundo tomo de ‘Conversaciones con Dios’, de Neale Donald Walsch. Lo leyó tres veces. Quintero, aunque fue criado en un hogar de intelectuales de izquierda, cree profundamente en Dios y siente que su vida es un milagro Suyo.

El escalador perdió la mitad de ambos pies en el 2002, luego de conquistar el Aconcagua por su pared sur. Fue el quinto deportista de la historia en escalar, en solitario, los 3 000 metros del muro.

La opinión pública se enfocó en el costo terrible de su hazaña: sufrir una congelación que afectó a sus extremidades inferiores y derivó en la amputación de la mitad de los pies.

Siempre se dijo que fueron solo los dedos, pero la necrosis fue más grave todaví. Aunque ponerse a aclarar a cada interlocutor por dónde pasó en realidad el bisturí era perder el tiempo.

Quintero luchó cinco años contra el pronóstico de que no podría caminar, ¡peor retomar su carrera de guía de montaña y, menos, ir al Himalaya! Se negó a ser un usuario del carné del Consejo Nacional de Discapacidades.

Más bien se enfocó en buscar una solución a su problema. En una clínica de Bogotá halló un zapato (fabricado por un ortopedista venezolano) que le permite adaptar su pie a la bota de escalador. Con esto, en el 2007 pudo iniciar su etapa de escalador en Asia, cuyos Himalayas son el ‘Grand Slam’ del oficio. No ha dejado de viajar desde entonces.

Este año, no pudo doblegar al Annapurna, un traspié que no ha enfriado su motivación. Ya está planificando su próxima expedición, que será este mismo año.

Pero ¿para qué seguir arriesgando físico y tranquilidad? ¿Se gana algo con eso de enfrentarse a la naturaleza? ¿Dinero? No. ¿Fama? Eso no sirve para nada. ¿Entradas gratis al cine? Menos. Quintero solo espera que la gente valore su historia. Quizás eso inspire a que cada uno decida a buscar su propio milagro.

En ese camino aparecen los recuerdos de su primer ascenso a la cumbre el Rumiñahui, ubicada a 4712 metros de altitud, con la persona que la enseñó la esencia del montañismo: Jack Bermeo.

En ese recorrido no le tiene miedo al cansancio, frío, calor, incomodidad, miedo, frustración, tristeza, a la alegría, emoción, pasión, euforia, compañerismo, solidaridad, amistad, lucha, supervivencia... elementos que le han dejado otras enseñanzas en las montañas, las cuales para él también son lecciones de vida.

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