El maestro Ñacato muestra su pericia en los toques finales de un gallo de filigrana. Foto: Victor Vizuete

El maestro Ñacato muestra su pericia en los toques finales de un gallo de filigrana. Foto: Víctor Vizuete

Dos artes tradicionales reviven en el barrio Cashapamba

Víctor Vizuete
Editor
(F- Contenido Intercultural)

Las manos -duras, toscas pero fuertes- contrastan con un cuerpo pequeño, delgado y fibroso, que más parece el de un corredor de maratón que el de un artesano experto.
Pero no obstante su aspereza, las manos de Roberto Ñacato Guayasamín son herederas directas de dos de las prácticas artesanales más ancestrales del valle de Los Chillos y, en general, de todo el país: la cerámica y la metalurgia, con sus artes adláteres.

Con decir que los artífices de la cultura Tolita hasta trabajaron el platino, técnica desconocida por otros lares, explica el maestro con sencillez.

Claro, la experticia para trabajar con las arcillas y las láminas de bronce o latón fue producto de un proceso lento, que incluyó pasantías con el mismísimo Oswaldo Guayasamín y una maestría de varios años con Joaquín Tinta, uno de los artesanos más excelsos que ha dado el cantón Rumiñahui.

Ñacato se adentró en los secretos de la elaboración de las cerámicas triple A y del repujado de las finas láminas de bronce cuando apenas era un niño. A los 15 ya conocía casi todos los secretos de esas artes y, unos años más tarde, se decidió a probar suerte con algo propio. Fue 35 años atrás y su primer taller lo montó al final de calle Quinabanda, en el barrio de Cashapamba, Sangolquí, donde reside.

Allí trabaja desde entonces junto con su esposa, María, y otros cuatro familiares. Y atiende los pedidos en sus números 2091450 y 0990 363804.
De ese pequeño espacio de 6 m² y un horno artesanal montado en el extremo noroeste del predio salen primorosas figuras de las aves, animales y paisajes más representativos de la cultura nacional.

Destacan los gallos de la tierra; los picaflores, quindes y otros colibríes; los piqueros de patas azules; las iguanas y tortugas (marinas y terrestres) de las Islas Galápagos; varios tipos de tucanes y otros loros propios de la Amazonía ecuatoriana...

Claro, no faltan en su agenda de motivos unas primorosas réplicas de las famosas esculturas de El Colibrí y El Choclo, creadas por Gonzalo Endara Crow y donadas por el maestro a Sangolquí. Tampoco quedan de lado otros motivos más universales como pavos reales y hasta ángeles porque, como afirma Ñacato, muchas personas prefieren estos adornos para engalanar sus casas.

También fabricamos objetos que, además de ser decorativos son utilitarios, afirma María. Entre estos se cuentan servilleteros, portaesferos, portapapeles, pisapapeles...
¿Los precios? Varían según el motivo y su tamaño. Van desde los USD 10 hasta los 300 y más, y forman parte de la Ñacato Collection.

La tarea es compleja porque fusiona las dos técnicas en todos los objetos. Y tanto la cerámica como el metal tienen sus procesos propios.
Las cerámicas, por ejemplo, empiezan su transformación en forma de barbotina. Esta es una colada compuesta de la más fina arcilla, yeso, metasilicato de sodio y otros químicos que evitan que se pegue a los moldes donde se deposita.

Luego de que se sacan del molde, los diseños se dejan secar por dos días. Antes se igualan las superficies con un trapo húmedo para que queden lisas.
Entonces es hora del pintado, que se realiza con barnices y esmaltes especiales sin plomo, que tienen cristales que ‘explotan’ en contacto con el calor y dan un brillo diferente a cada pieza. Eso sucede en el horno, a unos 1 500 grados de temperatura.

El repujado y soldado de las láminas de bronce es otro trabajo meticuloso. Primero se dibujan los diseños en papel y se traslapan a la lámina. Entonces se corta según el diseño y se procede al repujado. Esta tarea se realiza manualmente y al martillo.

Luego se sueldan con cuerda de plata las partes que lo necesiten y se procede a sacar brillo mediante la aplicación de algunos ácidos. Se lavan las piezas con gasolina y se realiza un tratamiento de electrólisis final. ¿El resultado? Piezas que duran, en promedio, 15 años.