31 de marzo de 2017 00:00

La rareza y la intolerancia

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Alfredo Gallegos Chiriboga

Resulta que son raros y peligrosos los hombres que opinan y actúan diferente. Lo fueron los primeros cristianos seguidores de un hombre raro crucificado por manifestarse públicamente como Hijo de Dios. En época del imperio romano se les persiguió porque actuaban de una manera distinta a la acostumbrada y manifestaban seguir las enseñanzas de un Dios llamado Jesús que les dejo su mandamiento de amar al prójimo con la intensidad que El amó; que les enseñó a orar a un Padre Dios; que les ofreció estar con ellos hasta el fin del mundo; que les pidió repetir la celebración de su última pascua terrenal el milagro hecho por El de transformar su ofrenda de pan y vino en su cuerpo y sangre para que lo reciban; que les entregó a su madre como madre de todos; que entregó amorosamente su cuerpo en santo sacrificio de cruz a su Padre para su salvación; que resucitó al tercer día y que está sentado a la derecha de Dios Padre y que regresará a juzgarlos al final de los tiempos; que hasta que ello suceda les dejó su paz y el Espíritu Santo de Dios para que les acompañe. Luego Roma se estremeció con la fe manifestada y se convirtió al cristianismo.

Y han pasado 2000 años de los hechos relatados y en ese transcurso y guardando una inmensa y santa diferencia hemos encontrado a turbas parecidas a las llevadas al juicio, al lavado de manos, al flagelo de la verdad, al apedreamiento de la justicia y la persecución sistemática en nombre de un orden que hay que defender contra los raros y peligrosos sin miramientos. El miedo a lo diferente da pábulo al irrespeto desmedido y esto hay que cambiar. Por ser distintos debemos cambiar el estado de las cosas en unidad, responsablemente y en paz. Si no lo hacemos nos gana la intolerancia.

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