4 de noviembre de 2015 00:00

El debate presidencial

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Rafael Alberto Rosales Ramos (O)

Los ecuatorianos tomamos conciencia, de lo difícil que debe ser la situación actual del país, a la que nos ha llevado 9 años de este gobierno, para que su excelencia, el Jefe del Estado, decida y acceda a reunirse con los “limitaditos contadores” o economistas ortodoxos.

Luego de dos horas quedamos más preocupados que antes; no escuchamos ninguna conclusión que podría llevar a mejorar la situación del país, o que permita salir de las dificultades, o crisis, que atravesamos en el menor tiempo posible y causando el mínimo daño a la población. Su excelencia se convirtió en director, moderador, profesor y dueño de la verdad sin aceptar ninguna postura divergente manifestando de nuevo lo bien que está el país, las obras que se habían realizado (no nos dijeron cómo y a qué costos) y que esa es la política que se debía mantener.

Nos preguntamos ¿para qué entonces el debate?  El Jefe de Estado impuso su modo de ser y dio pena ver al moderador someterse a esa voluntad.

Intervenciones serias bien fundamentadas, como la de los economistas Pozo y Dahik, cuya valentía vale la pena resaltar, ya que sabían lo que les esperaba, cayeron en el vacío. No se nos explicó con qué procedimiento se escogieron las personas que teóricamente podían efectuar preguntas aunque se vio la dificultad con que uno de ellos leía la pregunta previamente escrita. Si quedo claro el nuevo perfil de un moderador de debates interviniendo e interrumpiendo con frecuencia, (por supuesto no a su excelencia) inclusive emitiendo criterios sobre políticas pasadas que no venían al caso en el planteamiento inicial del debate, lo que nos lleva a pensar que el señor no tiene conocimiento de lo que es un moderador o que estaba adecuadamente entrenado. ¡Qué pena, otra expectativa frustrada! En fin, cosas de la revolución.

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