16 de octubre de 2015 00:11

Señores asambleístas

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Diego Saá Naranjo

Los asambleístas deberían negar y archivar los proyectos de ley sobre la propiedad de tierras, que está en segundo debate, y sobre la herencia, que fue ilegalmente “devuelto” y que está siendo reactivado por parte de los presidentes de la República, de la Asamblea y del Secretario de Senplades.

En un canal de televisión que transmite programas culturales y científicos presentaron hace unas semanas el caso de un par de monitos que eran premiados cuando realizaban una misma determinada actuación. A uno de ellos le premian con pepino y al otro con una uva. En la segunda ocasión, el monito al que le volvieron a dar pepino golpea enérgicamente la jaula y echa el pepino a los pies del entrenador, en una clara demostración de enojo. Esto demuestra que hasta los animales rechazan la injusticia. Con mayor razón y argumentos, los humanos podemos verbalizar las situaciones y rechazar tratamientos preferenciales para ciudadanos que deberían ser tratados similarmente, si las condiciones son iguales.

Al igual que los ducados y condados hereditarios o concedidos graciosamente por las monarquías, actualmente en el Ecuador hay ciertos ciudadanos a los que se les garantiza las tierras de sus ancestros. Por ejemplo, los algo más de 2 500 tsáchilas poseen algo más de 10 000 hectáreas de fértiles tierras. Lo que el resto de ciudadanos ecuatorianos nos preguntamos es ¿por qué no se garantiza a todos los ciudadanos, no solo a algunos, la vivienda o propiedad agrícola para que sea heredada por nuestros hijos y nietos? ¿Hay unos ecuatorianos de primera clase y otros de segunda?

En el caso de la mayoría de ecuatorianos, a sus propiedades se les asigna un equivalente monetario que es gravado. En muchos casos, esas propiedades deberán ser vendidas cuando los herederos deban pagar los confiscatorios impuestos que están tratando de imponerse sobre ese supuesto equivalente monetario. Posiblemente, sería correcto que se obligue que todos los valores de personas particulares, tales como fideicomisos, estén en cabeza de alguien, para efectos de aplicar los impuestos que correspondan, pero sin envidiosas preferencias, odiosas discriminaciones y exageraciones.

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