Lo que otros callan por temor o timidez, aquí se lo dice sin anestesia. Es comentarista de fútbol de EL COMERCIO.
Alejandro Ribadeneira
Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central. Es periodista desde 1994. Colabora con el Grupo El Comercio desde el 2000 y se ha desempeñado en diversos puestos desde entonces. Actualmente ocupa el cargo de Editor Vida Privada.

Villacís es el Rey Midas del desastre

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Comentarista, @guapodelabarra,


Carlos Villacís se ha convertido en el rey Midas del desastre. Todo lo que toca el presidente de la Ecuafútbol se daña, naufraga, se estropea sin remedio. Recibió una Tricolor arrasadora en las eliminatorias y la transformó en el peor equipo de América del Sur, sin Mundial y, hasta ahora, no existe un entrenador designado para el ciclo Qatar 2022. La ‘nueva’ Ecuafútbol de Villacís no solo que falló en administrar los 12 puntos iniciales, sino que tampoco supo administrar ni siquiera la dosis de patacones y jugos de naranja. Con eso era una razón suficiente para que renunciara o lo destituyeran.

Tampoco le ha ido bien con las selecciones de categorías formativas. Siguen los escándalos de jugadores pasados de edad o con nacionalidades sospechosas. Los árbitros están en latente amenaza de huelga. Nunca consiguió los fondos para garantizar un torneo femenino respetable y sometió a las jugadoras a un esquema ignominioso. Y, como acto culminante, ha convertido el asunto de los derechos de televisión del campeonato nacional en un auténtico manicomio. ¿Por qué sigue en el cargo?

Desde que su predecesor Luis Chiriboga politizó las transmisión del campeonato, este asunto ha sido un auténtico calvario para clubes, canales y público. Y sí, es verdad que Villacís heredó un problema, que resumo en las siguientes líneas. Antes del 2013, cada club negociaba con el canal de televisión de su preferencia los derechos de transmisión. Chiriboga llevaba años (desde el 2001) intentando que los clubes se sometieran a una recomendación de la FIFA, que dictaba que los derechos eran del organizador del torneo, tal como la FIFA es dueña del Mundial.

Por fin, con el apoyo político de la Revolución Ciudadana, logró que una mayoría de dirigentes aceptara entrar en esta lógica de que la Ecuafútbol contrataba los derechos y luego repartía el dinero entre los clubes. Los medios públicos e incautados ganaron el contrato y todos saben lo que vino luego: los canales incumplieron con los pagos cuando se acabó la liquidez petrolera y se generó un déficit que hasta ahora no es honrado. De paso, se generaron varios problemas porque los clubes debieron terminar unilateralmente sus vínculos previos con los canales que quedaban fuera de esta nueva disposición, creada para colocar al fútbol dentro del estado de propaganda de Rafael Correa y su combo. Chiriboga prometió que la Ecuafútbol se haría cargo de esas indemnizaciones, pero no se cumplió del todo y eso explica en gran parte la deuda que aún sigue vigente del Deportivo Quito con un canal.

Villacís asumió el mando intempestivamente luego de que Chiriboga fue arrestado por lavado de activos. Los clubes respaldaron a Villacís porque imponen el criterio de que se debe cambiar el contrato de transmisión por uno que les garantice el pago puntual de los recursos, y la mayoría eligió un modelo que, aunque les parezca conveniente, de todos modos fractura las relaciones e intereses, ya no solo con canales, sino con operadoras de cable. Villacís careció de visión y de un mínimo asesoramiento para prever el desastre que estaba provocando al ceder al deseo de estos equipos. Al parecer, no dimensionó la magnitud de los delicados intereses que genera este negocio, sobre todo en un mundo cuyo mercado de consumo de entretenimiento está cambiando aceleradamente por el auge del sistema a la carta y está provocando un enorme estrés. Lo peor es que en esta controversia su judicializó y se metieron los políticos, lo que ha generado un desprestigio enorme e inédito para el fútbol del país, cuyos hinchas ya no saben dónde ver el fútbol.

Ya no importa quién tenga la razón en este embrollo. Todos la tienen en parte, pero todos pierden con Villacís, el rey midas del desastre.