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Las tradicionales rocolas quiteñas se conviertieron en adornos de lujo

Redacción Afull (I)

Las tatarabuelas del iPad y de los demás reproductores musicales, las rocolas, están en decadencia después de casi 70 años de ser el alma de la fiesta en las tiendas y cantinas más tradicionales de Quito. La pregunta del millón es ¿qué pasó con las rocolas? Pues se han convertido en adornos en negocios y domicilios.

En materia de rocolas, quién mejor que Don Vicente Quillupangui, un experto en el tema. Ha ensamblado y reparado estos reproductores por más de 40 años. Es el único en la ciudad que se dedica al oficio y recuerda que las rocolas existían antes de la Segunda Guerra Mundial y eran fabricadas en Estados Unidos y Alemania.

Para quienes no sabían de qué estamos hablando, estos reproductores son aparatos de grandes dimensiones que (según su tamaño) guarda una cantidad de discos de acetato de 45. Tiene una apertura donde se inserta una moneda y teclas para digitar el código del disco que se desea ¿y después? Nada, ¡a disfrutar de la música se ha dicho!

Estos aparatos tardaron 20 años en llegar al país y animaban el ambiente de los bares, cantinas y fondas quiteñas a partir de los años 60 al ritmo de pasillos, boleros, san juanitos y hasta rock clásico. “En esa época era caras, valían más que mi camioneta, costaban más de 1000 000 sucres”, recuerda Quillupangui.

En 1965, unos empresarios colombianos fundaron en Quito la ensambladora de rocolas System Ecuatoriana. La compañía quebró en 1970 y llevaron todos los equipos a Guayaquil donde “había gente con más dinero y luego hasta empezaron a importar”, señala Quillupangui, exempleado de la empresa.

Con la llegada de aparatos  más modernos, como los equipos de sonido, las rocolas  fueron refundiéndose poco a poco en los rincones de bares, casas, etc.  Según Quillupangui, “ahora les tienen como un adorno de lujo. Cuando entran a un lugar y ven a una : los adultos se alegran, pero los niños y jóvenes ya ni saben ni qué es”.

Las rockolas están arrinconadas, hoy son adornos de negocios y casas. Foto: Diana Carolina Camacho/ Afull.

Una rocola bien calibrada mantiene la calidad del sonido y los discos en buen estado. Estos reproductores de música  tradicionales, actualmente, son una reliquia. Actualmente en el mercado se ofertan versiones de segunda mano de estos artículos y es muy común que vengan con daños.

Sin embargo, para un mercado más exigente se abrió una nueva oferta de modernas rocolas. que se caracterizan por su potencia, su calidad y, sobre todo,  su tecnología. Un ejemplo de esto es  Tecno Rockolas es una empresa ubicada en el estado de Nuevo León, México, que se dedica a la fabricación y distribución de estos aparatos.

Estas vienen con todos los ‘juguetes’ incluidos. Tienen un disco duro de 1TB, monitor LCD de 20 pulgadas, mezcladora amplificada de 4 canales con lector USB y SD, dos micrófonos inalámbricos, teclado numérico y hasta un buscador por género, artista, abecedario y nombre. 

Esta es una muestra de cómo la tecnología se ha apoderado de todo, incluyendo a uno de los primeros reproductores musicales. “Estos fueron los primeros robots que hicieron los gringos, a raíz de la fabricación de la rocola inició la era de la robotización”, señala Vicente Quillupangui.

Y para no quedarse con las ganas de tener uno de estos aparatos, o lo más parecido a uno, también hay una propuesta local. En Radio Shack ofrecen parlantes Bluetooth con el estilo de una rocola iluminada que tiene 83 cm de alto.

Si el destino de las rocolas fue terminar como un adorno, pues debe ser como uno de lujo. Además de acetatos repletos de buena música, guardan tradición e innumerables historias de los clientes de las tiendas y cantinas de una ciudad colonial.