17 de septiembre de 2014 21:50

Los waorani regresan a la selva luego de 10 meses en la cárcel

Los ancianos de la comunidad de Dicaro, en Orellana, recibieron a las indígenas que recobraron la libertad. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO.

Los ancianos de la comunidad de Dicaro, en Orellana, recibieron a las indígenas que recobraron la libertad. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO.

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Diego Bravo. Desde Orellana

Un grupo de mujeres waorani los esperaba en el coliseo de la comunidad de Dicaro, en plena selva ecuatoriana. Cantaron en idioma wao tedeno y dieron la bienvenida a cinco procesados por la matanza de un clan taromenane, en marzo del 2013.

Eran las 15:00 de ayer. Los cinco se reencontraron con sus familias y amigos tras 10 meses de detención. Ellos vestían pantalonetas, camisetas y zapatos deportivos negros. En sus mochilas llevaban la ropa que utilizaron en la cárcel y botellas de agua para hidratarse del calor: 30°.

La travesía de 150 km, para llegar a su pueblo duró seis horas tras salir del hotel en el que se hospedaban en El Coca. Primero recorrieron la carretera que conecta la capital de Orellana con Pompeya.

Allí tomaron una lancha que cruzó el río Napo para embarcarse en un bus que los llevó a su comunidad.

Mientras viajaban conversaban que su vida cambió tras dejar su entorno y vivir en una cárcel, en donde comían arroz, carne de res, chancho, pollo y camarón. “Es difícil acostumbrarse a estas comidas y al principio nos dolía el estómago. También nos daba diarrea”, recordaba Tague C., de 55 años.

Sus oídos tienen grandes perforaciones que lo identifican -según la cultura Waorani- como el mejor cazador y guerrero de su etnia. A Ricardo N. le daba nostalgia la caza, la pesca, la agricultura y su casa construida con hojas de árboles, que tiene piso de tierra. “En la mita tenía un fogón para cocinar. Yo extraño ese calor”, decía.

Apenas llegue a su tierra -contaba el indígena- tenía previsto cocinar pescado y mono chorongo para compartir con su esposa e hijos. Como parte de la bienvenida, los cinco tomaron chicha de yuca en lavacaras de metal.

Los wao más antiguos hicieron lo mismo y les daban consejos al oído. Los cinco escuchaban y asentían con sus cabezas en señal de aprobación de lo que les decían los indígenas de mayor edad de su comunidad.

Un grupo de mujeres se pintó la cara. Les rodearon a los procesados mientras estos fumaban y conversaban con sus amigos. Les cantaban en coro otras canciones ancestrales: “tras estar tan lejos, se vuelven a encontrar con lo que quieren”, repitieron más de 10 veces. Dirigentes de la comunidad explicaron que este domingo se define la fecha en la cual se realizará el ritual de castigo por lo sucedido en marzo del 2013.

Medidas cautelares

Los cinco waorani desconocían lo que legalmente significa la revisión de medidas cautelares que dio paso el juez segundo de Orellana, Álvaro Guerrero, para que recuperaran su libertad. Tague C. y Ricardo N. no hablan español. Necesitaron del dirigente del pueblo Waorani, Armando Boya, para comunicarse.

Ellos rechazaban la investigación realizada por el fiscal de este caso, Andrés Cuasapaz, quien argumentó que en la indagación se realizaron peritajes antropológicos, sociológicos y de interpretación cultural con base en las recomendaciones dadas por James Amaya, relator especial de la Organización de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas.

Para Boya, quien participó en las negociaciones a favor de los cinco procesados, la investigación de la Fiscalía no tenía sustento y carecía de fundamentos.

Sin embargo, ahora los 17 procesados (dos estaban prófugos) deberán presentarse cada 15 días ante un juez. Tampoco podrán salir del país, según las disposiciones de los jueces. Es decir, las investigaciones continuarán, pero de acuerdo a los “principios interculturales”.

Boya acompañó a los indígenas procesados cuando estos salieron del Centro de Rehabilitación de El Coca-Orellana. En las afueras de ese lugar, ellos se abrazaron y caminaron hasta el hotel en donde se hospedaron la noche del lunes.

En esos momentos, ellos contaban sus anécdotas y recordaban que cuando eran niños acostumbraban a jugar pelota en la cancha de tierra del pueblo. Con nostalgia decían que les encantaría volverlo a hacer.

También, estaban preocupados porque habían perdido sus fuerzas. “No es lo mismo la comida de la selva que la de la ciudad. Nuestros músculos están débiles, las pantorrillas flacas, siento que nuestra sangre no fluye con la misma vitalidad”, contaba Tague C. junto a Ricardo N.

La prioridad para Fernando O., Tani P. y Enrique C. es recuperar las energías. Por eso reforzarán sus caminatas en la selva y saldrán a pescar para conseguir alimentos que les den fuerza.

Ellos utilizan anzuelos. Su especialidad es coger peces como cachamas, bagre o pirañas. Para prepararlos, los envuelven de sal o aliños y les introducen al fuego en hojas de maito.SDLqYo cosechaba yuca en mi casa. Ahora que volví, mi intención es sembrar en mi chacra para mis hijos y hacer chicha”, relataba Enrique C.

Al finalizar la ceremonia de bienvenida, los cinco se dirigieron con sus hijos y esposas a sus viviendas. Para la madrugada de hoy tienen previsto salir de caza y retomar su rutina ancestral.

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