1 de May de 2011 00:00

Victoria pírrica

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‘Si Dios permite que derrotemos a los romanos ¿qué vamos a hacer con esa victoria?”, preguntó Cineas a Pirro. “Nadie podrá resistirnos y conquistaremos toda Italia”, respondió el rey de Epiro. “¿Y qué haremos después de conquistar Italia?”, volvió a preguntar el viejo sabio que había estudiado con Demóstenes. “Tomaremos Sicilia”, contestó Pirro inmediatamente. “¿Y crees que con eso pondremos fin a la guerra?”, replicó Cineas. Esta vez -cuenta Plutarco- Pirro no pudo responder y prefirió, más bien, hablar sobre la importancia de derrotar a quienes antes le habían despreciado y sobre la necesidad de doblegar a sus enemigos.

Pirro estaba exultante porque venía de una larga racha de victorias que le habían convertido en rey. Se le comparaba con Aníbal y Escipión; se decía que era la personificación exacta de Alejandro. Se aseguraba que descendía del mismísimo Aquiles, el personaje que consiguió la hazaña imposible: tomarse Troya.

Pirro no quiso, o no pudo, entender las admoniciones de Cineas porque -según cuenta Plutarco- no fue capaz de resistir la tentación de seguir guerreando en vez de dedicarse a gobernar. Pero el rey de los epirotas tenía razón en algo: una victoria sobre los romanos no sólo le cubriría de gloria, sino que le abriría el camino para tomarse Grecia entera y reinar a sus anchas.

Para asegurar ese triunfo contaba con regimientos de elefantes traídos de Oriente, una poderosa arma militar desconocida por sus enemigos. El día de la batalla los elefantes aplastaron sin piedad a centenares de falanges. El historiador Dionisio asegura que, en total, murieron 15 000 soldados romanos; Hieronimo dice que fueron 7 000.

Así que Pirro obtuvo su tan ansiada victoria. Pero cuando recorrió el campo de batalla vio con sorpresa que la mayoría de los cuerpos aplastados estaba boca arriba y no de espaldas: en vez de huir, los romanos habían muerto peleando. Con estupor, el rey epirota se dio cuenta que había ganado una batalla, pero que no había doblegado la voluntad de pelear de sus oponentes. Había otro agravante más: el ejército de Pirro también había sufrido pérdidas severas en aquel enfrentamiento. (Dionisio habla de 13 000 bajas y Hieronimo de 4 000). Meses más tarde, Pirro volvió a derrotar a los romanos -esta vez en Asculum- pero a costa de perder a 3 000 de sus mejores hombres. “Una victoria más y estaremos perdidos”, dijo aquel rey, luego de hacer un balance del enfrentamiento.

El rey de Epiro ganó, sí, pero salió tan debilitado de aquel triunfo que jamás pudo convertirse en el gobernante todopoderoso que soñó ser. “Pirro tuvo buenos dados, pero no supo utilizarlos bien”, dijo Antígono de él. Por eso su triunfo tuvo sabor a derrota; por eso su victoria fue pírrica.

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