3 de agosto de 2016 00:00

Los venezolanos optan por la visa temporal

La venezolana Íngrid Pluchino vive en Cuenca desde febrero pasado. Foto: Xavier Caivinagua / EL COMERCIO

La venezolana Íngrid Pluchino vive en Cuenca desde febrero pasado. Foto: Xavier Caivinagua / EL COMERCIO

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Lineida Castillo

A Venezuela no regresarán más. Pese a que en Ecuador no encuentra trabajo estable, Íngrid Pluchino prefiere quedarse aquí. No está sola. El 7 de febrero entró al país con su esposo, Egisto García; y su hijo Leonel, de cinco años.

Llegaron en bus y sin dinero, “huyendo de la violencia y crisis económica” de su nación.

Ahora están radicados en Cuenca y se acoplan a la nueva rutina. Apenas hace nueve días, Íngrid comenzó a trabajar como vendedora en un local, con un sueldo básico. Pero en su nación era diseñadora gráfica y su esposo bachiller.

En Cuenca, historias similares se repiten unas tras otras.
En los últimos cuatro años, la zonal 6 del Ministerio de Relaciones Exteriores de Azogues, extendió 6 406 visas para ciudadanos que ya viven en Azuay, Cañar y Morona Santiago. De esa cifra, 2 643 visas de no migrantes se entregaron entre enero y mayo de este año para profesionales, estudiantes y de las denominadas de amparo (de padres a hijos).

Según el subsecretario de la Comunidad Ecuatoriana Migrante, Humberto Cordero, el ingreso de venezolanos a este país es normal y no hay un incremento importante.

Por turismo pueden estar 90 días solo con el pasaporte y si llegan por trabajo optan por la visa-convenio o temporal.

El siguiente paso es el estatus permanente, pero eso depende de su situación económica y laboral. En ese trámite se encuentra Johan Vallenilla, de 38 años, quien llegó desde Caracas hace dos años, con su esposa y dos hijos. Allí laboraba como taxista ejecutivo.

A los tres meses en Cuenca, ellos obtuvieron la visa temporal y están por iniciar el trámite para la estadía definitiva. Él conoce que la mayoría de sus compatriotas se maneja de esta forma “porque el trámite es sencillo”. “Lo complicado es presentar un monto económico que funciona como garantía del migrante”. En su caso, para obtener la visa temporal presentó USD 2 400.

Además, USD 100 por cada hijo-estudiante y 500 por su esposa. Ese dinero lo obtuvo de los USD 8 000 que trajo para vivir en Ecuador. Desde un principio emprendió en negocios propios, como el de mensajería en motocicletas.

En la actualidad, incursionó en un emprendimiento de panadería artesanal elaborando arepas, panes y bocaditos, que vende a través de su muro en Facebook. Cuenta que le va bien y que esa facturación presentará como garantía “para la visa permanente”. Dice que a su país no regresará.

Lo mismo asegura Egisto García. Tuvo un comienzo difícil. Por la desesperación, laboró dos semanas como malabarista en una calle de Cuenca y su mujer incluso tuvo que vender parte de su ropa en un mercado de prendas usadas.

Poco a poco la condición migratoria de esta familia mejora. Pluchino consiguió la visa de amparo, que lo logró a través de su madre, una ecuatoriana que vive en Venezuela. Eso también le ayudó a su hijo.

En cambio, por su difícil situación económica, García tramita la visa provisional amparándose en su hijo.

La mayoría de migrantes que llega del país llanero es profesional en medicina y labora en centros públicos y privados. A ellos no les resulta tan complicado encontrar trabajo como a los bachilleres que deben emprender una fuente de ingreso.

Joel Arango, tiene 39 años y uno viviendo en Cuenca. Optó por un negocio de comida, luego de estar cinco meses desempleado. En su caso se ampara en la visa temporal para laborar sin inconvenientes.

Los venezolanos coinciden que el estatus permanente le permite obtener beneficios como acceder a un crédito para emprender o mejorar sus negocios. “Acá venimos a aportar, porque este país nos abrió sus puertas”, advierte José Olarte, caraqueño que cumplió cinco años en el Ecuador. Él ve con asombro el crecimiento migratorio de sus compatriotas.

Muchos optaron por abrir, por ejemplo, pequeños restaurantes, centros de belleza o tiendas de abacería. Olarte se dedica a la distribución de productos de plásticos.

En esta salida de ciudadanos venezolanos incluso hay familias enteras. Por ejemplo, madres con sus hijos y nietos.

El hermano mayor de Íngrid Pluchino ya vive dos años en Guayaquil y trabaja como plomero. En cambio, Johan Vallenilla tiene a su hermana Mariana, que llegó con su esposo e hijo en enero pasado para quedarse en Cuenca.

La mayoría coincide en que escogieron este país, porque el visado para trabajar es sencillo, la cultura es similar y la dolarización les atrae.

Pero pese a que extrañan a sus familias, a la comida y a su país en general, ninguno tiene en sus planes retornar a corto o mediano plazo. “Este país me acogió y aquí seguiremos luchando”, dice uno de ellos.

Los extranjeros recuerdan con tristeza y dolor la angustia que vivieron afuera de los supermercados por encontrar alimentos, útiles de aseo, los crímenes de niños en las calles por robarles la comida, los actos de violencia que se reportaban todos los días.

En una ocasión, a Pluchino le robaron la comida, cuando llevaba a su hijo en brazos. Son escenas que la marcó. Por eso quiere seguir en Cuenca y acoplarse con su familia.

En contexto

Según cifras del Ministerio del Interior, solo entre enero y junio de este año 4 063 personas que entraron desde Venezuela no registraron su salida. En tanto, datos del INEC revelan que entre 1990 y 2010 se registraron 10 172 ecuatorianos en Venezuela.

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