10 de October de 2014 19:57

La Vaqueada se vive en los páramos de Chunchi

La Vaqueada. A las 15:00, el ganado bravo y los vaqueros llegan a la hacienda para continuar con la vacunación de los animales. Foto: Raúl Dí­az para EL COMERCIO

La Vaqueada. A las 15:00, el ganado bravo y los vaqueros llegan a la hacienda para continuar con la vacunación de los animales. Foto: Raúl Dí­az para EL COMERCIO

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Cristina Márquez. Redactora
(F-Contenido Intercultural)

Cuando los toros bravos descendieron de los cerros y tras ellos corrieron los vaqueros montandos a caballo, los ánimos y la fiesta se encendieron.

Así se inició la Vaqueada, una tradición que persiste entre los dueños de las haciendas y los trabajadores. En la jornada vacunan, desparasitan y marcan al ganado. Es una mezcla entre fiesta y trabajo, que se cumple una vez al año. En esta ocasión, el evento fue en la hacienda ganadera Launag, ubicada a 30 minutos de Chunchi.

“Ya vienen los toros”, gritaban entusiastas los niños que esperaban la llegada de los vaqueros. Eran las 11:30 de un viernes, y en el corral todo estaba listo. Un fogón para calentar los fierros que marcaron a los animales estaba prendido, mientras dos picotas para atar a los toros se habían instalado en el centro del corral.

Sin embargo, para los 32 vaqueros, la jornada empezó mucho antes. A las 05:00 partieron al páramo abrigados con un poncho y un zamarro. El reto era atrapar y acorralar a todos los animales bravos que estaban dispersos en las 180 hectáreas de la hacienda, ubicada a 3 800 metros de altitud.

Para enfrentarse al toro, los vaqueros se toman un trago de puro, que se sirve en un cacho hueco. Se alimentan bien antes de salir. De eso se encargan las mujeres, quienes cocinan a fuego de leña y hacen agua de canela con licor y jugo de limón.

Ángel Ortiz tiene 72 años y es célebre por sus anécdotas entre los vaqueros de Chunchi. Él participa en esta tradición desde su infancia, aunque varias veces se ha caído del caballo o ha sido atacado por los toros.

Ortiz relata que empezó a trabajar en la hacienda a los 12 años y que en sus sesenta años de experiencia ha conocido a “los toros más jodidos. Es un trabajo peligroso y solo pueden participar los buenos jinetes”.

La hacienda Launag le pertenece a la familia Moncayo Espinoza desde 1971. Allí se crían 180 cabezas de ganado que se alquilan para las corridas de toros de las fiestas de pueblo.

Los toros de la hacienda son cotizados en las fiestas de Ingapirca, Pumallacta, Sevilla y Gonzol. Es común que a la casa de hacienda lleguen los priostes con una botella de whisky. Así reservan el ganado hasta con un año de anticipación.

En la hacienda se criaron toros famosos por su casta y bravura, como Cobseño, un ejemplar que mandó al hospital a 14 toreros que lo enfrentaron en diferentes ocasiones.

Sin embargo, el más popular fue el toro Barroso, animal que inspiró a los Hermanos Valencia a escribirle una canción. “Era negro, alto y muy bravo. Él bajaba del páramo solo cuando quería, si no, no había poder humano que lo traiga. A veces, cuando había fiesta, venía solo. Tenía una personalidad muy peculiar”, recuerda Fausto Moncayo, uno de los propietarios de esta hacienda.

Él es el encargado de invitar a sus amigos y vecinos a la Vaqueada. “Antes había más trabajadores, pero hoy son pocos. Por eso los vecinos colaboramos entre nosotros en este trabajo”, dice Moncayo.

Esta jornada dura dos días. Cuando los animales están en el corral, hay que separarlos y vacunarlos uno por uno. Para lograrlo, hay que enlazarlos en la cornamenta con cabestros (sogas hechas con piel de res), luego se los ata a la picota y se los tumba con la fuerza de siete hombres. Entonces el hacendado lo marca y los demás le dan vitaminas y desparasitantes.

La Vaqueada concluye con una toreada. “Esta es una tradición que no debe desaparecer porque es emblema de nuestra identidad. Cada vez hay menos vaqueros, por eso se hace en

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