El único centro público para tratar la adicción a la droga está al límite

fotos: paúl rivas / el comercio

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Javier Ortega. Redactor (I)
jortega@elcomercio.com

El hospital tiene 36 camas. En el país 5 000 personas necesitan internamiento. Cada una tiene su propia historia. Melisa fue abusada por su padre en la niñez. Nancy durmió 10 meses en un bosque de Quito. Belén probó por curiosidad la denominada H. A Yadira un narco le regaló un paquete y desde entonces se ‘enganchó’.

Todas viven en un lugar del Hospital Gonzalo González (centro-oriente), el único centro público del país que atiende a jóvenes y adultos con adicciones al alcohol y otras drogas.

Actualmente la capacidad de este centro de rehabilitación está al límite. Hay 36 camas: 26 las ocupan los varones y el resto mujeres. Otras cinco se habilitarán en los próximos días. 

En el Gobierno se reconoce el déficit de lugares gratuitos. Estudios levantados por el Ministerio de Salud revelan que se necesitan alrededor de 1 800 camas, aunque los centros privados ya albergan 1 300 y precisamente se busca llegar a acuerdos con esas clínicas.

Según esos análisis, en el país 85 000 personas tienen adicción a las drogas. De ese número, unas 5 000 requieren internamientos que pueden durar entre tres y seis meses.  Pero no hay tanta capacidad. Apenas el pasado fin de semana se anunció que a escala nacional se construirán ocho espacios públicos para los pacientes. Eso estará en el 2015.

En el Hospital Gonzalo González hay 13 especialistas que trabajan exclusivamente en el área de adicciones. El miércoles hablaban de la H, una droga de la que aún se desconoce qué ingredientes contiene. Los médicos saben y comentan que no se trata de heroína pura

En el Ministerio de Salud no descartan que los microtraficantes mezclan cocaína, heroína y marihuana para elaborar este tipo de alcaloide. A diferencia de la heroína tradicional (inyectable), la H se la inhala.

Estuvo encadenada

Belén tampoco sabe sus componentes. Tiene 17 años y a los 16 la aspiró por primera vez. Durante 30 o 60 minutos se relajaba, pero después llegaban los estragos: vómito, diarrea, dolores en los huesos que la hacían revolcarse en el piso. Está internada desde la semana pasada. Un equipo médico la trajo desde Flor de Bastión, un barrio de Guayaquil.

Su padre la encadenó a la cama para que ya no consumiera. “No lo hizo por malo. Estaba desesperado. Nunca me maltrató. Me pasaba la comida”, relata Belén, una joven de 1,50 m y que aparenta tan solo 13 años.

Una semana antes de que ella llegara, Yadira, otra guayaquileña de 16 años, fue ingresada en el Hospital G. González. Ella inhaló la H a los 13. Un narco le regaló un paquete en la calle. Se ‘enganchó’ enseguida y robó a su familia para comprar las dosis. Una vez se llevó de la casa un celular de USD 500 y lo cambió por 10 fundas.

Con el tiempo empezó a utilizar a otros chicos. Compraba paquetes de droga a USD 2,50 y los vendían a unos centavos más. Así costeaba su consumo. Entre los jóvenes -dice- es común hacer este tipo de negocios para ganar dinero.

Las dos son las únicas menores que residen en el centro de rehabilitación. A fin de mes se las trasladará al Hospital Alfredo Valenzuela de Guayaquil. Allí se habilitará un complejo similar al de Quito, con 60 camas.

El área que trata las adicciones en la capital lleva operativo desde el 2013, pero hace cinco meses se lo inauguró de forma oficial como centro especializado para las personas que buscan salir de las drogas. El proyecto es incorporar otras 40 camas en los próximos meses, dice Carlos Vallejo, coordinador del espacio terapéutico.

El año pasado solo funcionaba como un sitio de contingencia. Salud rescataba a jóvenes que estaban encerrados contra su voluntad o que sufrían abusos en centros de rehabilitación privados. Desde el 2013 hasta ahora en el Ecuador se han cerrado 105 de esos lugares, que aparentemente no cumplían los requisitos para operar.

Tras ser rescatados, a los pacientes se los trasladaba a La Vicentina. Actualmente allí hay tres modalidades de atención: la residencial, residencial intensiva (el paciente no duerme allí) y la ambulatoria. Desde el 2013 han atendido a 500 personas.

‘No me duchaba’

La primera comunidad terapéutica de mujeres apenas tiene dos meses. Nancy llegó hace 40 días. Decidió internarse luego de 16 años de consumo. En el 2012 la apuñalaron en el sur de Quito y desde enero pasado vivía en un bosque. Fumaba pasta base de cocaína y solo salía para conseguir más dosis.

No se duchaba y en las noches como cobija tenía un pedazo de plástico. Nada de eso la hizo tocar fondo. Fue su hija de 7 años. A ella la engañaba y le decía que la esperara, pero nunca llegaba a casa. “Se cansó de las mentiras. Se negó a verme. Llegaba sucia, como una mujer indigente”.

Su cuñada la ayudó a internarse. Su madre no la acompañó. Ya no creía en ella. En estas últimas semanas la situación cambió. Toda la familia la visita y espera la recuperación.

El próximo 26 de octubre la hija de Nancy cumple 8 años. Ya pidió permiso en el centro para salir y pasar con ella. Pero en la tarde deberá regresar para continuar con el tratamiento. Desde días atrás, en las horas de terapia ocupacional, prepara una lámpara en forma de gato como regalo de cumpleaños.

No es la única que elabora obsequios para sus hijos. Melisa tiene dos pequeños de 9 y 7 años. Para ellos realizó carteles con corazones y ‘te quieros’. Los dos niños están bajo la custodia de la madre de Melisa. Ella consumió cocaína a los 28 años. Ahora tiene 31. Su historia es dura.

El padre de sus hijos -relata- quemaba droga para dormirla. Así, se ‘enganchó’ inconscientemente. En el tiempo que permanecía bajo los efectos del estupefaciente, su pareja abusaba de los dos menores. Melisa no se dio cuenta hasta cuando uno de ellos sufrió un accidente y lo llevó al hospital.

El médico que lo atendió confirmó el abuso de él y luego de la otra menor. Fue el propio hospital el que denunció al padre en la Fiscalía. Desde un año atrás está detenido en una cárcel. Fue sentenciado a 20 años.

*Nombres protegidos


En contexto
Los internos pueden permanecer entre tres y seis meses en el centro de rehabilitación. Según su coordinador, ese es el promedio para la recuperación de un paciente. Después deben cumplir con un proceso de seguimiento ambulatorio.

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