2 de December de 2009 00:00

Tres ecuatorianos afrontan con coraje sus limitaciones físicas

valore
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0

LEA TAMBIÉN

LEA TAMBIÉN

Redacción Sociedad

Mañana se conmemora el Día Internacional de la Discapacidad, recordado por las Naciones Unidas desde 1992. En el país, por cada 100 habitantes existen 2,35 personas con una deficiencia.

Así lo indican los resultados recogidos en ocho provincias por  la Misión Solidaria Manuela Espejo, de la Vicepresidencia de la República, que actualiza el registro de ecuatorianos con una deficiencia física (motora, auditiva, visual, etc.),  mental e  intelectual.

Especialistas en salud general, genética, psicología y en socioeconomía visitaron 378   311 hogares de Cotopaxi, Carchi, Esmeraldas, Sucumbíos, Imbabura, Napo, Manabí y Los Ríos.  77 200 personas con discapacidad fueron identificadas. 

La atención a esta población comenzó con la entrega de ayudas técnicas, como parte del programa ‘Ecuador sin Barreras’. Las personas se registran para recibir sillas de ruedas, bastones, prótesis, auriculares y órtesis a la medida. En ese proyecto  se han invertido USD 3 519 725 y 2 998 850  en la eliminación de barreras arquitectónicas en espacios públicos de 98 ciudades.    Pero además de los programas gubernamentales hay familias que han impulsado a sus parientes con discapacidad.  Lo cuentan  tres ecuatorianos, que en esta página, muestran que nada los detiene.

‘Nuestra imagen ya no es la de un desvalido’

Gladys Segovia, Maestra no vidente

 A los 12 años desperté en la cama del Hospital Militar de Quito. No sabía qué pasaba, vivíamos en Shell, en la Amazonia. Mi papá manejaba una Blazer y el tren de aterrizaje de un avión impactó en el auto.

Mi padre y mis tres hermanos fallecieron, sobrevivimos mi madre Lupe, embarazada, y yo.

Mi vida dio un  giro de 360 grados.   Mi madre me matriculó en el Colegio Femenino Espejo, cuando perdimos la esperanza de que vuelva a ver. Fui una alumna más. Nunca me sentí ciega, tuve una tutora no vidente que me enseñó a escribir en braille y a manejar el ábaco,  para las matemáticas.

Quise estudiar Psicología en la universidad y  no me aceptaron por la discapacidad. Empecé a sentir la discriminación. Me inscribí en el Instituto Nacional para Ciegos, para rehabilitarme, un año. Luego seguí  Relaciones Públicas a distancia en la UTE. Y me gradué de profesora en el Instituto Nacional Pedagógico Manuela Cañizares y la licenciatura la obtuve en la U. Indoamérica, a distancia.

En diciembre cumpliré 34 años  como maestra, tengo 53. Desde 1984 doy clases  en el Instituto de Sordos y Ciegos Mariana de Jesús. Al inicio trabajé con adultos. La mayor parte del tiempo he sido profesora de cuartos, quintos y sextos de básica. Hace años,  un estudiante se graduó y  fui a hablar con un director de Educación porque en un colegio le negaron un cupo y me dijo: “Mejor abra  una secundaria”. Le increpé: Y una universidad y un barrio. Me respondió que sería lo mejor.

Ahora las cosas han cambiado, la imagen del ciego no es la de un mendigo, los padres de clase alta no los esconden por vergüenza ni los pobres, por ignorancia. Tener un  vicepresidente (Lenín Moreno), en silla de ruedas ayuda. La gente sabe que podemos hacer todo.    Hoy trabajo con niños con retos o discapacidades múltiples. Soy madre y abuela. En mi hogar y en mi aula, el orden, vital para una persona ciega, me permite moverme sola. Mi nieta Doménica me describe todo y así imagino las cosas  con mis recuerdos.

‘Sí puedo jugar fútbol, pero  en PlayStation dos’ 

David Paredes. 14 años / Artrogriposis múltiple

¿Qué no puedo hacer? Solo caminar. Nunca me he preguntado por qué soy así. Me veo como un chico normal. Mi mamá Verónica y yo tenemos un dicho: la limitación está en la mente, uno se la impone.

Cuando llego a un lugar, al colegio por primera vez, me miran, luego me preguntan la historia y les digo que mi madre no me esperaba. Estaba ligada y se embarazó. Luego al nacer no fue un parto normal sino cesárea y los doctores me sacaron mal y caput. Ahora estudio en décimo de básica en el colegio Alfonso Laso y quiero ser periodista. 

Soy buen alumno, me gustan   sociales y matemática.  En la clase, Jaime, quien me acompaña en el transporte escolar y en la escuela,  escribe  por mí, y  yo pongo atención. Quisiera conseguir  una beca estudiantil, a veces estamos  chiros, sin dinero.

Mi mamá   me baña, me viste, me da de comer y me empuja. Participaré en la obra de teatro ‘Sueños’, con  80 niños con discapacidad. Canto y actúo. Ahí conocí a otro amigo que  usa una silla de ruedas para moverse, a una niña invidente... No sé cómo será eso, como vivir con los ojos vendados todo el tiempo.

Yo estoy bien así. El miércoles (25 de noviembre) fue mi primera vez en el estadio de Ponciano, soy hincha de Liga.  

Las entradas me las regaló Alfonso Laso, de canal 4.  No puedo jugar fútbol en una cancha, pero sí en PlayStation 2. Para escribir y prender la ‘compu’ (una portátil que le colocan sobre la cama)  uso un palito que manejo con la boca. Pero para mover el ‘mouse’  y poner música o bajar fotos, utilizo   la quijada, es táctil. Para teclear el celular,  los labios. Nadie me ha enseñado eso, yo pruebo una vez y logro hacer las cosas.

Casi nunca me deprimo, a veces  cuando me quedo solo en la casa  y quiero prender la ‘tele’ y no tengo el control cerca me siento mal. Pero  me tranquilizo y escucho música en la ‘compu’ o veo fotos. Me enojo mucho cuando  en la calle los taxistas le paran a mi mamá y aceleren cuando ven que estoy con ella, en silla de ruedas. Deben pensar que tendrán que ayudarme a subir, no es necesario.

 
‘Con audífonos me desenvuelvo fácilmente’

Alba Teresa Yépez. Universitaria, con sordera

Hace dos años se dañaron mis audífonos en medio de una clase de Cerámica, en la Facultad de Artes de la Universidad Central de Quito. Sin ellos no escucho nada. Le pedí a la profesora que hable, más despacio y frente a mí,  para entenderla.

 Ella se aterró, no sabía cómo yo  podría captar lo que decía  sin ellos. Lo primero  que me enseñó la terapista de lenguaje, antes de poder hablar, fue a leer los labios. Necesito que la gente  vocalice.

A los 3 años tuve los primeros audífonos,  eran análogos, los que tengo hoy son digitales. Están conectados a un TEK, que cuelga de mi cuello y  que está sincronizado con el celular, así escucho las llamadas. Hay  niveles de  sonido.

Ahora lo coloqué en ‘ruidoso’, estamos en un sitio con mucha bulla. Para escuchar mejor debo por ejemplo, escoger  la fila de adelante en la clase sino los  murmullos bloquean todo; en los centros comerciales casi no entiendo lo que la gente dice.

  Uso los audífonos desde que me levanto hasta que me acuesto, debo cuidarlos del agua. Son costosos, cada uno vale unos  USD

4 000. Estos fueron un regalo de mi hermano mayor, Fernando. Eso me ha facilitado la vida, pero si se me estropean no podría financiar otros como esos, son la mejor tecnología disponible.   

Cumplí  28 años en agosto,   casi culmino  la carrera, voy en  noveno semestre y planeo seguir una maestría en estudios culturales latinoamericanos  fuera del país.

La  discapacidad  auditiva es parte de mi vida, he podido manejarla. Nací  de seis meses,       con sordera, cuando tenía 1 año la detectaron y gracias a la preocupación de mi madre por ubicarme en terapias logré hablar. También sirvió estudiar en  un colegio regular. Sin embargo, sí  siento  las diferencias. Algunas personas  no saben de la discapacidad.

He sido discriminada, me han dicho: “No puedes escuchar, no te  aceptamos”. Se trataba de un trabajo en una agencia de publicidad; tengo  un impedimento, pero  no quiere decir que no puedo desenvolverme. Ahora doy clases de cerámica a niños. Un día me preguntaron por qué llevo los audífonos, me los quité y supieron que sin ellos no podía  oírlos.

Descrición
¿Te sirvió esta noticia?:
Si (0)
No (0)