19 de abril de 2016 00:00

Jama y El Matal requieren agua y comida

El acceso a la población de El Matal está destruido por completo desde el sábado. Galo Paguay/ EL COMERCIO

El acceso a la población de El Matal está destruido por completo desde el sábado. Galo Paguay/ EL COMERCIO

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Carolina Enríquez

Medio centenar de niños vio pasar un helicóptero y pidió agua. Esta escena es una de las que se viven en el poblado de El Matal, área rural de la ciudad de Jama, en Manabí. Los pequeños son parte de las 200 familias que permanecen en los alrededores de lo que fue el Colegio Luis Antonio Cevallos.

Padres y madres buscan comida entre los escombros o salen a Jama, una hora y media a pie, para buscar yuca o plátanos para asar en improvisadas fogatas. Otros, deshidratados, ya ni siquiera tienen fuerza para alimentarse. El Matal está totalmente incomunicado.

Cuando llega alguien en vehículo la gente se acerca y ruega que se les ayuden a conseguir agua, principalmente.

Desde el pasado domingo, allí también se encuentran 55 miembros del equipo de rescate de la Policía Metropolitana de Quito y un grupo de 100 efectivos del Batallón del Ejército No. 13 de Esmeraldas que fueron destinados a Jama.

Integrantes de ambas instituciones trabajaban la mañana de ayer, 18 de abril del 2016,  para localizar, entre los escombros de una edificación, a María Luisa Pavón y su esposo Kevin Bruzzes.

No se descarta que en el sitio, que fue enterrado por parte de una enorme peña cercana a la playa, estén otras seis o siete personas, según indicó el inspector Marcelo Carbo, de la Policía Metropolitana.

Muy apesadumbrado contó como encontraron en el sitio al hijo de Pavón, Óscar Coronel, intentando cavar con sus propias manos entre arena y piedras. Este ciudadano fue dado por desaparecido, pero se encuentra a salvo.

En esta zona, bajo un inclemente sol y una temperatura sobre los 30 grados, los rescatistas de Quito hablaban de la urgencia de traer un purificador de líquido vital. Ellos dan todo lo que pueden a los habitantes, pero reconocen que es urgente contar con víveres y agua para la gente.

Algunos pobladores, que vivían de la pesca o el cuidado de las aves, están resignados debajo de sus casas destruidas, muchas en las lomas. ¡Ayúdenos! Piden, entre lágrimas, los miembros de la familia Vera.

El sopor y los fuertes olores de El Matal los abruma. Cadáveres de personas y más de animales comienzan a descomponerse. Igual sucede con la comida de las casas derrumbadas.  

Escuchar esto aterrorizó a Leticia Ulloa, quien caminó hasta el sitio con su familia en busca de su hermana Julia y de Wolfgang, su cuñado de nacionalidad alemana, quien hasta ayer estaba desaparecidos. Ambos pasaban vacaciones en un hotel en el balneario.

Ellos veían como el sismo abrió grietas en lo que fue la carretera que unía a El Matal con Jama. En el piso de asfalto hay desniveles. Igual sucede en las vías de tierra. La destrucción es total. Ayer no fue sino hasta las 12 que comenzaron a llegar, al ingreso a la carretera de El Matal, dos retroexcavadoras para desbrozar los alrededores y permitir el paso de autos. Las motos no tienen problemas, pues desvían su ruta.

Unos metros más allá, en la carretera de la Spondylus, hay más edificaciones. En una gasolinera los militares solamente permiten que se venda un galón para las motos y dos y medio para los autos. Existe restricción en el lugar.

El campamento de los militares se encuentra en una zona céntrica de Jama. Esta población está casi destruida en su totalidad por el sismo.

Allí tampoco hay comida y agua. Los militares, a las 08:00 de ayer, no habían comido ni tomado nada desde el domingo. Eso lo dijeron mientras trabajaban. Buscaban algo de líquido vital en botellas y cantimploras, aunque sin éxito.

Lo poco que tenían eran unas raciones de combate. Se los veía totalmente agotados.

El mayor Luis Velarde, encargado del grupo, explicó que llegaron para brindar seguridad a la zona. “Aquí la gente necesita agua, comida... No es para nosotros, sino para todas las personas en este sitio”.

Los uniformados también ayudaron a desmontar un circo cerca de su campamento.

Casas, iglesias, plazoletas están por los suelos. De estas infraestructuras han sacado 15 personas, indicó el inspector Marcelo Carbo, de Quito.

En la comunidad de Tabuga se enterró a Loly Bone, que murió al caer una pared. Foto: Galo Paguay/ EL COMERCIO

En la comunidad de Tabuga se enterró a Loly Bone, que murió al caer una pared. Foto: Galo Paguay/ EL COMERCIO

Uno de los muertos es el tío de Mario Arteaga, quien relató como toda la vivienda aplastó a su familiar. Mientras que cuadras más abajo se encontraba Silverio Vera, de 73 años, quien mostraba su casa en ruinas y contaba como el terremoto lo botó al suelo desde una silla en la que se hallaba.

La hija de su esposa, Martha Cagua, pedía a gritos ayuda para su madre de 91 años, a quien no podía trasladar desde una zona alta a la que se la llevaron. Solicitaba una silla de ruedas.

A primeras horas de ayer, esta familia salió con bidones en busca de agua. De hecho, esta es la imagen recurrente en Jama y El Matal. Leonel Zapata, párroco del sitio, dijo que todo el mundo se preocupa de Pedernales y Manta, pero ellos “han sido olvidados”.

Agradeció a Dios cuando un convoy de 11 autos del Club 4x4 de Quito llegó con alimentos, algo de agua y vituallas. “Arriba necesitan cositas... está la gente en las zonas altas”, le dijo el sacerdote a Samy Villacrés, integrante del Club.

La gente, que duerme en las vías por temor a más movimientos de la tierra, también agradece. Están en diferentes áreas de la carretera, hasta llegar a la zona de Pedernales.

En esa ruta de circulación hay cuatro derrumbes fuertes y 10 puentes en malas condiciones. Los espacios que unen estos con la carretera o están desnivelados o han sido llenados con tierra para que los automóviles puedan pasar.

La vía está llena de enormes grietas. La gente no acaba de ver el fondo de estos huecos.

Ayer, 18 de abril del 2016, en uno de los cementerios de esta ruta los familiares de Loly Bone, de la comuna de Tabuga, lloraban y se desmayaban. Una pared la aplastó.

Mientras bajaban el cofre se escuchaba una música que decía: “cuando muera no quiero que me lleven flores, cuando muera no quiero hipocresía”.

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