31 de marzo de 2018 18:30

La Terminal Terrestre de Guayaquil es una parada solidaria para los venezolanos

Mensaje de los periodistas de EL COMERCIO

En la Terminal Terrestre de Guayaquil se ha creado un espacio para recibir a los ciudadanos venezolanos que llegan tras días de viaje desde que dejaron atrás sus país. Fotos: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

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Redacción Guayaquil

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Las salas de espera de la Terminal Terrestre de Guayaquil se convierten, repentinamente, en embajadas solidarias de Venezuela. A diario, decenas de venezolanos llegan a esta estación, agotados después de tres y hasta seis días de viaje desde que dejaron atrás su país.

Sus rostros reflejan cansancio, sueño, incertidumbre; pero también guardan un brillo de esperanza y fe, de confianza en que superarán la crisis que los obligó a dejar a sus familias en busca de una mejor situación económica.

“Allá no hay sueldo que alcance. Al día se ganan unos 800 bolívares, pero hay que gastar en movilización hasta 5 000 bolívares. El salario de un mes se sintetiza en unos USD 5”, cuenta Randy Ojeda, un ingeniero agrónomo de Maracaibo.

Es sábado por la mañana (24 de marzo del 2018) y llegó a la estación junto a su esposa, cargado con comida. Hace poco más de un año bajaron de un bus en este mismo lugar y ahora son parte del grupo 1 000 sonrisas por Venezuela, que da asistencia humanitaria a los compatriotas que van de paso.

Terminal Guayaquil venezolanos

“Muchos llegan desorientados, con tantos sueños en las maletas como llegamos nosotros. Decidimos darles apoyo moral y espiritual”.

La idea de crear el grupo nació de ecuatorianos y los venezolanos radicados en Guayaquil tomaron la posta con dedicación. Son cerca de 30 integrantes, que hacen hasta tres visitas por semana, en doble jornada.

En un rincón del área de arribos de la terminal instalan mesas y ordenan las provisiones. Hay envases con almuerzos, jugos, galletas para los niños, guineos o ‘cambur’, como reconocen a esta fruta.

Luis González y Pablo Molina son ‘cochos’; así les dicen porque son oriundos del estado de Trujillo. Guayaquil no era su destino final, sino solo una parada antes de llegar a Perú. “Hemos aguantado un poco de frío, un poco de hambre, un poco de todo. Pero queremos salir pa’lante”, dice Molina.

En su travesía por tierra, los venezolanos calculan que necesitan unos USD 200. El dinero, prácticamente, se va en pasajes y les queda muy poco para alimentación.

Terminal Guayaquil venezolanos

María Teresa Rosales es parte de la Asociación Civil Venezuela en Ecuador y explica que esta iniciativa de apoyo se coordina desde varios ‘búnkeres’, las casas de los colaboradores donde preparan y almacenan los alimentos que reciben por donaciones.

“Sabemos que esto no llena todas sus necesidades, pero los acompañamos con mensajes de lucha, de positivismo”.
Y en la práctica es así. Después de una oración, los voluntarios reparten la comida.

Pero el plato fuerte es el abrazo, la palabra de aliento, la conversación para recordar los estados donde nacieron y sus planes. Ese es el antídoto para combatir el daño emocional que les causa el ‘éxodo forzoso’, como lo califica Pedro Rojas Villafañe.

“Las estadísticas conservadoras hablan de entre tres y cuatro millones de venezolanos, es de un 10 al 15% de la población que ha emigrado. Algunos pensamos que puede estar llegando a los seis millones”, asegura este psiquiatra llanero, que abandonó su patria hace cuatro años.

Terminal Guayaquil venezolanos

Para Henry Peti fue duro salir de Maracaibo con su esposa y sus hijos de 4 y 6 años. Los pequeños están inquietos y desde el miércoles -cuando empezó el viaje-, recurrentemente le preguntan cuándo regresarán; él casi no puede hablar.

Este chef cerró su restaurante y se unió a un grupo de vecinos con el propósito de llegar a Chile, donde tienen conocidos.
Como abogado, Tito Chorio es más locuaz. Cuenta que el derecho, en su país, está; pero no hay entes para hacerlo efectivo. "Eso, como profesional, te frustra".

Junto a él hay ingenieros, médicos, estudiantes universitarios que abandonaron sus carreras. Jaileth Manotas, una de las voluntarias, les comenta a los peregrinos que la posición económica y la profesión son lo de menos en estos instantes.

"Hemos salido con un propósito, no solo para vivir mejor sino para aprender a ser mejores personas y regresar a la tierra donde Dios nos hizo nacer”, les dice. Entonces el grito Venezuela hace retumbar la sala donde esperan el próximo bus.

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