27 de December de 2009 00:00

Spinetta, dios salvaje

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Diego Pérez Ordóñez

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Ya casi nadie discute que a sus casi 60 años de edad, y luego de cuatro décadas de carrera musical, Luis Alberto Spinetta es una suerte de buque insignia del rock argentino.

Y digo que ya casi nadie lo disputa porque Spinetta, a diferencia de muchos de sus colegas -pienso en Charly García- ha logrado armar una trayectoria relativamente regular, admirablemente diversa y que resume perfectamente todo lo que la escena musical porteña tiene de cosmopolita: a veces las plácidas cadencias del tango, otras el pop más exquisito o incluso los flirteos con las complicaciones del jazz. 

Quiero decir que unas noches Spinetta se puede sentir  de lo más cómodo con una guitarra acústica y haciéndolas de trovador, lo mismo que experimentando con las teclas de un bandoneón o liderando un trío de poder, siempre bajo sus términos y condiciones.

Aparte de su versatilidad y del preciosismo de su música, Spinetta ha comandado varios de los más importantes grupos del rock argentino: el fundacional Almendra en los años sesenta, el trascendental Pescado Rabioso un poco más tarde, Invisible en los setenta (que se despidió en 1976 con unos conciertos en Luna Park) o Spinetta-Jade, con el que indagó en distintos universos. Es que ahí están sus letras: complejas hasta a veces circundar lo críptico, la prolijidad y el detalle de su sonido, la indagación de lo precioso en varias de las regiones de la música.

Y ahí está el Spinetta a un tiempo librepensador e inconformista, antigregario y asceta, poco dado a conceder entrevistas y que hace poco se negó a aparecer en la portada de la revista Rolling Stone, edición argentina. Y el Spinetta meticuloso y detallista hasta la exageración, encerrado durante horas que se pueden convertir en días entre las cuatro paredes de su estudio de grabación (la Diosa Salvaje) a la caza de la nota perfecta, del ruido preciso o del tono más sutil. O el Spinetta enigmático, que se cierra a la banda a la hora de examinar su pasado o de abordar su trayectoria. Todo deriva y confluye en el Spinetta artista de culto, capaz de la mayor intimidad y reserva, pero que se emociona al tocar durante cinco horas y monedas ante miles de fanáticos (se acaba de presentar en el estadio de Vélez Sarsfield para celebrar su itinerario).

Creo que es mejor terminar con las palabras de Claudio Kleinman, un reputado crítico musical porteño: “Se diría que el suyo es un universo autocontenido, y esa insularidad se transmite a su obra,  que  orbita en un cosmos spinettiano con sus propias leyes, que guardan poca relación con las que rigen el mundo exterior. Es como si dijera: ‘Todo lo que quiero decir está en mi música’, y queda en nosotros interpretarla.”

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