5 de March de 2010 00:00

Dos sismos alteraron la noche quiteña

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Redacción Quito
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El 5 de marzo de 1987, Juan Carlos Pinos, restaurador quiteño, estuvo sentado frente a su televisor. Veía la película Tiburón.  El fondo musical de la película de terror,  lo tenía asustado. Era jueves. A las 20:56, la tierra tembló y sus nervios se alteraron completamente.
 
Pinos recuerda que luego del primer sismo la gente salió a las calles de la ciudad con rostros de espanto. José Mesa, otro quiteño que vivía en Chimbacalle, narró que no sintió la magnitud del temblor porque a esa hora estaba manejando. “Fue una noche de sustos. Mi familia y muchos vecinos decidimos amanecernos en nuestros carros. En zonas despejadas, por seguridad de todos”.

Hay quiteños que olvidaron este capítulo de la historia, luego de 23 años. Por ejemplo, Jorge Salvador Lara, cronista de la ciudad, no tiene claro todo lo que ocurrió esa noche. En las pocas escenas, detalló que la mayor afectación ocurrió en poblados del norte de Quito  y en la provincia de Napo.
 
Santiago Mejía, guardia de seguridad que trabajaba en la av. González Suárez en los ochenta, atrás del Hotel Quito,  contó que en esta avenida, los altos edificios se movieron con fuerza y la gente salió corriendo a lugares abiertos.

Mejía no pudo abandonar su lugar de trabajo. “Luego de las 10:30 mucha gente  se regresó con sus familias. Pero el segundo temblor, a las 23:10, causó pánico y la gente amaneció en El Ejido, La Carolina y La Alameda”.

Durante la noche, luego del segundo sismo, hubo un corte de energía que duró dos horas. En las calles de la capital, las personas se instalaron a dormir.
  
Roberto Andagana recuerda que el único medio de información era la radio. “En los primeros reportes se dijo que el epicentro del terremoto era Colombia. Las autoridades recién hablaron oficialmente al día siguiente”. 
    
Con el amanecer del 6 de marzo, se convocó a una reunión de evaluación por parte del alcalde de ese tiempo, Gonzalo Herdoíza. Hubo un informe de daños.
El recorrido consistió en evaluar los destrozos. Dos días después, la Defensa Civil hizo un recorrido con técnicos del Ministerio de Vivienda, evaluando el estado de las casas, en el norte.

Gonzalo Cabrejas, ingeniero civil, explicó que se iniciaron foros en   espacios académicos.   Ahí se analizó lo ocurrido en los edificios de las avenidas Patria y   González Suárez, especialmente.

El propósito fue revisar la resistencia sísmica y la calidad de las construcciones. “En el balance hubo algunos heridos por la caída de tejas que eran utilizadas en los techos de las casas. La mampostería y las casas de adobe se cuartearon”, señaló Cabrejas.
 
En los mercados de la ciudad, los precios de los productos no subieron. Sin embargo, hubo especulación por el anuncio de una  posible escasez en las estaciones de servicio.
 
Los conductores de taxis y buses urbanos empezaron a guardar combustible. Dos semanas después, el precio de la gasolina se incrementó.

La Defensa Civil inició cursos de capacitación en las escuelas y colegios. Los medios de comunicación también  incluyeron campañas de información sobre cómo actuar en los temblores. Aunque no se realizó ningún estudio, los sicólogos determinaron un alto impacto en la población.
 
El Colegio de Arquitectos de Pichincha recogió criterios de varios especialistas sobre lo ocurrido en  casas y templos afectados.

El análisis publicado en la revista Trama de la época guarda imágenes de las fachadas de las iglesias. Seis meses después, en el centro, todavía existían paredes apuntaladas con maderos.

El Municipio agrupó a otros organismos para iniciar la recuperación de lo sucedido en 1987 en el Centro Histórico.

Las consecuencias
Lo social

El rompimiento del tubo del oleoducto Transecuatoriano, a lo largo de 70 kilómetros, en Napo, golpeó a la economía del país. En un cálculo  se determinó que se dejaron de producir 250 000 barriles diarios de petróleo, aproximadamente. 

Eso causó una pérdida de USD 790 millones; el 60% en el ingreso económico del país. León Febres Cordero, presidente de esa época, adoptó medidas económicas: se suspendió el pago de la deuda externa a los bancos privados, se incrementó el precio de  combustibles, hubo congelamiento de precios en  artículos de primera necesidad. 

Napo quedó aislada y la producción agrícola  se estancó,  hubo tierras   abandonadas y se perdieron USD 7 millones.


Lo económico

En los hospitales de la ciudad también hubo temor por los sismos. Los ventanales del Hospital Enrique Garcés se rompieron. Las baldosas del piso fueron removidas. No hubo heridos de gravedad.

En el edificio del Hospital Eugenio Espejo, en el centro-norte, algunas paredes se cuartearon.  Una de las medidas urgentes tomadas por las autoridades de salud del Estado, en conjunto con los directores de todos los hospitales, fue dar el alta a los pacientes menos graves.
 
La medida permitió aumentar la capacidad de atención en cada casa de salud. Al siguiente día de los temblores, se permitió el regreso de pacientes que necesitaban oxígeno y medicinas.

Según Emilio Cerezo, sociólogo y catedrático de la Universidad Católica, nunca antes se había sentido algo tan fuerte.
 
La situación fue una alerta de que pudo suceder algo peor y recordó que la gente y la ciudad no estuvo  preparada para ese tipo de acontecimientos.

A pesar de que sí ayudó a que la gente tomara conciencia. Fue un susto enorme que duró al menos un mes en la mente de toda la ciudad.

Lo tecnológico

En  1987, el Instituto Geofísico (IG) trabajaba en el proyecto Micatambo. Por ello, un año antes se instaló una red sísmica inalámbrica. Los instrumentos fueron colocados alrededor del Antisana. Los equipos tecnológicos fueron conectados directamente con el sexto piso del IG.

Así se transmitieron datos del primer sismo. La tecnología era diferente. Con calculadora, regla, lápiz y lupa se localizó el sitio exacto del sismo. Un solo periodista llegó a preguntar donde fue el epicentro, pero nunca difundió el dato.
 
En el segundo sismo, los técnicos del IG ya no ingresaron a las instalaciones.En el centro de comunicaciones de la Embajada  de Estados Unidos se estableció un contacto con sismólogos en Colorado. En 1995 se instalaron más aparatos tecnológicos.
   

La infraestructura

Luego del segundo temblor, la ciudad quedó en tinieblas. Las calles se iluminaron con las luces de los autos. En las viviendas se usaban velas.  El servicio eléctrico regresó a la madrugada del 6 de marzo, en algunas partes.

En el Centro Histórico y en algunos puntos del norte hubo luz eléctrica al día siguiente. En 1987 había 350 000 abonados a la Empresa Eléctrica Quito.

Los problemas se suscitaron en los sectores del norte de la ciudad. Según la EEQ, el restablecimiento de la energía no fue difícil, porque el equipo de operaciones solucionó los inconvenientes apenas recibían las llamadas de la gente.

El servicio de telecomunicaciones no sufrió mayores problemas. Las líneas telefónicas permitieron la comunicación con otras ciudades y  países.

El agua potable se interrumpió en pocos sectores. Se cortó la distribución en el centro por el rompimiento de algunas tuberías. A los tres días el abastecimiento se normalizó.  La recolección de basura se inició un día después de los sismos.

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