12 de January de 2010 00:00

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Walter Spurrier Baquerizo

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En enero de 2000 se anunció la dolarización, y es hora de hacer un balance.

Primero, su longevidad; la convertibilidad argentina, de la cual nuestra dolarización es prima hermana, duró 10 años y 6 días, tocando fin hace exactamente 8 años, en debacle. En cambio,  nuestra dolarización goza de buena salud. Puede augurársele algunos años más de vida, aunque su médico de cabecera Rafael Correa tenga sentimientos encontrados.

Al asalariado, la dolarización le permite presupuestar. En la década anterior a la dolarización, la inflación promedio anual fue de 39%. Cada enero subían los sueldos para reflejar la inflación del año anterior, y ya en febrero se ganaba menos por efecto de la inflación. Cada mes, el sueldo adquiría menos que el anterior.

Con la dolarización el asalariado puede estimar cuánto puede separar para adquirir  un televisor, un automóvil o un apartamento. Las cuotas son en la misma moneda en que se gana, sin  reajustes por inflación.

En diez años se duplicó el parque automotor de la ciudad. Sin dolarización, al menos la mitad de quienes accedieron a un carro en esta década, no lo hubieran podido hacer.

Los empresarios están en su mayor parte felices con la dolarización. Casi todos tienen costos en dólares: materias primas, maquinaria, crédito de proveedores. Antes corrían un altísimo riesgo cambiario: vendían en sucres y luego debían pagar al exterior en dólares. Para cubrirse de ese riesgo debían incrementar sus márgenes: la diferencia entre el precio y el costo.
Hoy, gracias a la eliminación del riesgo cambiario de corto plazo, los márgenes han caído, y con ello los precios al consumidor.

En enero de2009, el precio de petróleo había caído a USD 26,8 (hoy está cerca de USD 70) y las reservas monetarias se agotaban rápidamente. Sin dolarización, la salida de divisas hubiera causado devaluación y aumento de la inflación. Los ahorros se hubieran pulverizado. La gente hubiese retirado la plata de los bancos; hubiésemos estado en peligro de replicar lo de enero de 1999, cuando el petróleo estuvo en USD 7,8. Pero la dolarización nos blindó frente a esa situación.

En su primera década, la dolarización nos ha  servido bien a todos.

¿Es entonces la dolarización una cura milagrosa? De ninguna manera. Dura más que la convertibilidad de Argentina porque en los noventa el dólar se revalorizó; Argentina se tornó en país carísimo para producir, las importaciones brasileñas destruyeron la industria argentina. En cambio, en la última década el dólar ha estado débil, y su depreciación permitió compensar nuestro incremento en costos.

Una conjunción de revalorización del dólar, caída del petróleo, y El Niño devastador, como en 1982/83 y 1998/9, podría causar un nuevo colapso.

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