23 de January de 2011 00:00

La fe se enraíza fuerte en los ‘parajes de Dios’

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Tierra Prometida. El nombre aparece en las delgadas páginas de la Biblia de Ester Suárez. “Es la tierra que Dios ofreció a Israel, de la que mana leche y miel”.

En Guayaquil, la Tierra Prometida es el caserío de caña donde vive con su familia desde hace cuatro años. Por sus callejones polvorientos se dibujan las sombras de las mujeres que se pasean con largos faldones multicolores.

En medio del silencio, un sollozo estremece. “Guárdanos' ayúdanos Jesús de Nazaret”. El clamor se escurre por las hendijas de una pared de madera.

Desde que comenzaron los desalojos en esa y otras cooperativas del noroeste de la ciudad, los hombres y mujeres de ese sector se pusieron de acuerdo para ayunar. No comen. Solo toman agua y piden misericordia, orando.

La mayoría de personas de aquí y de los otros barrios profesa la fe evangélica.

Los altares de caña y madera surgen por doquier en las cooperativas Voluntad de Dios, Ciudad de Dios, Monte Sinaí...

Evangélicos, católicos, testigos de Jehová buscan refugio en las ‘tierras de Dios’, donde la religiosidad marca cada esquina.

‘Dios bendiga este hogar. Familia Suárez Guzmán’. El martes, bajo el letrero colgado en el portal, Eulalia abrazaba fuertemente a sus hijas. Las niñas temblaban, sollozaban ante la llegada de más de 100 militares a la cooperativa Sergio Toral III. “Jesús, líbranos”, exclama Óscar, el padre. “¡El Salmo 27 dice que aunque un ejército acampe contra mí, no temeré!”, grita cerrando los ojos.fakeFCKRemove

En la Cooperativa Marcos Moroni. Mariela C. levantó tras su casa la Iglesia Evangélica Pentecostés.

El sudor se mezcla con sus lágrimas y su clamor se opaca por el ruido de las cargadoras. Ese día tumbaron unas 20 casas.

José Buskán confía en Dios, pero a su manera. Desde hace dos meses, este cañarense llegó a la cooperativa Elvira Leonor I para cuidar el terreno de su hijo.

Su rostro está curtido por el inclemente sol que pega con fuerza sobre los lotes baldíos. Para cada jornada de campaña don José lleva una gorra raída, agua y un libro de historias bíblicas.

Sus hojas están arrugadas. Lo ha leído más de siete veces en los ratos de paz, cuando los motores de las palas mecánicas se apagan. Buskán es testigo de Jehová.

‘Diosmi Jawa pachatapash kay allpatapash rurarka’ es el nombre del primer capítulo. “Es quichua”, señala. “Aquí dice: Dios creó los cielos y la tierra. Por eso solo Él nos puede sacar de aquí”.

Con algo de recelo, el hombre camina por la 20. Es el nombre de la vía arcillosa que divide a Elvira Leonor, entre solares copados por covachas y el amplio campamento de los militares, donde flamea la bandera.

Antonio González la ve desde una ventana en la cooperativa Marcos Moroni II. Bajo el techo de zinc de su casa abrió una iglesia evangélica. “Por aquí casi todo este pueblo es de Dios. Yo tengo 10 años sirviéndole al Señor”.

 

En la Cooperativa Marcos Moroni. Las misas dominicales en esta capilla católica empiezan a las 10:30.

Ahí oraba junto a 14 hermanos cristianos. Pero desde que iniciaron los desalojos cada uno ora en su casa. “El Señor dice: maldito el hombre que confía en el hombre. Confiamos en quien nos vendió los lotes. Nos dijo que era legal y ahora estamos en esta angustia”.

En una loma cercana, una camioneta roja, destartalada, se desliza. Mauro Villón la va empujando. Deja entrever el mensaje en su camiseta: ‘Cristo te ama, búscalo’. “Yo no soy hermano, mi mujer sí. Ella me dice inconverso. Pero con esto de los desalojos hasta yo me pongo a orar”.

Casi en la entrada a las invasiones, en el caserío Divino Niño, hay una casa de oración católica.

Es una estructura de cemento, a medio acabar, custodiada por la imagen del Corazón de Jesús.

Ahí los niños reciben catequesis y las mujeres, como Flora Rivas, llevan sus rosarios. “Estamos rezando para que el Presidente no nos saque. Nuestra esperanza está en Dios”. A las 15:00, hermanos de Tierra Prometida concluyen el ayuno. Es viernes, el día 12.

Aún faltan otros nueve. Al final de la oración, Esther Suárez espera una respuesta. “Solo Jehová tiene la última palabra”.

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