6 de December de 2010 00:00

24 policías son indagados por un crimen en Cuenca

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Redacción Cuenca

Su voz era de dolor, desolación, rabia. “Es tan difícil... tan difícil... seguir creyendo en la vida... sin un hijo”. Rocío Velín lo repetía en el Cementerio Patrimonial de Cuenca, mientras el féretro de madera era llevado a hombros por jóvenes que vestían camisetas blancas con un mensaje directo estampado : “Policías, lobos disfrazados de ovejas. Justicia”.

El crimen de la madrugada del jueves involucra a agentes del Estado, según los amigos de Edwin Fernando Barros, joven universitario de 21 años, muerto en un incidente que aún no se esclarece.

A las 05:00 del jueves, el Hospital del IESS José Carrasco Arteaga confirmó su muerte por una bala en la cabeza. Esa madrugada, cerca de las 03:20, Barros conducía su Chevrolet Blazer, de placas AFH-806. Iba con cuatro amigos, Alejandro, Antonio, Marcelo y Juan. Retornaban de Paute, adonde habían ido por una fiesta. Al avanzar por la vía Azogues-Cuenca, tres policías, en un control, pidieron que se detuvieran.

Los jóvenes relatan que no pararon porque habían ingerido licor y temían ser detenidos. De pronto, frente a la fábrica de llantas de Continental Tire Andina, en la Panamericana Norte, explotó la llanta posterior derecha y el vehículo se detuvo, narró uno de los acompañantes, quien ayudó a cargar el féretro hasta la bóveda 160 del cementerio.

Nos rodearon 10 patrulleros con unos 25 policías y descargaron sus armas contra nosotros, relató otro joven, quien en su camiseta llevaba impresa una fotografía de su amigo y la leyenda: “Te recordamos siempre Shamy”.

Hasta ayer, la Policía mantenía silencio sobre los hechos y había la disposición de no permitir el ingreso de periodistas al Comando Provincial, en el norte de Cuenca. Sin embargo, el gobernador de Azuay (e), Cristóbal Lloret, señaló que en la Policía se investiga a 24 uniformados por lo ocurrido.

El parte policial del sargento Néstor Almagro, quien ese día estuvo en el segundo turno en la radio patrulla del Comando de Policía del Azuay, detalla que cerca de las 02:40 escuchó en la radio al teniente Israel Costales, quien solicitaba la colaboración para la detención de un vehículo sospechoso con vidrios polarizados tipo jeep Blazer, blanco, sin placas, que hacía caso omiso de detener la marcha y que circulaba por la autopista con dirección norte.

Dos fiscales investigan el caso de presunto exceso policial, el segundo en cinco meses que pone en entredicho el accionar de la Policía en casos de persecución.

El pasado 3 de julio, Carlos Salamea, de 64 años, murió en el centro de Cuenca. Inicialmente, la Policía lo señaló como miembro de una banda de delincuentes que ese día había asaltado la agencia del Banco del Austro, ubicada en la 9 de Octubre.

Esa mañana hubo un enfrentamiento entre agentes y sospechosos. Salamea conducía su jeep Vitara, a cuatro cuadras de su casa, cuando fue abordado de forma sorpresiva y violenta por seis hombres armados que lo obligaron a que los llevara. La Policía lo siguió en una persecución que duró unos siete minutos, hasta que en la calle Pío Bravo, entre la Huayna Capac y Juan José Flores, una bala impactó en su pecho.

Nueve días después, por presiones de la familia y tras una marcha, el Gobernador, Leonardo Berrezueta, y el jefe de la Policía del Azuay, Edmundo Merlo, reconocieron que Salamea era inocente y que durante el operativo los policías no se percataron de que había sido tomado como rehén.

Sara Barriga, de 60 años, dice que nunca conoció el nombre del policía que mató a su esposo y que siempre le hablaron de que las investigaciones continuaban. Tampoco el Gobierno les ha devuelto el vehículo nuevo, como fue la oferta de Berrezueta. El jeep del fallecido quedó literalmente cernido por las balas. La mujer y su familia se unirán a la marcha convocada para el miércoles por la familia del joven Edwin Barros.

En esa manifestación se pedirá justicia. “Estoy dolida, pero la pérdida de mi hijo me dará fuerzas para luchar para que se esclarezca su muerte”, decía Rocío Velín.

En el funeral del universitario había indignación. “Era un chico que solo regresaba divirtiéndose y no hacía daño a nadie. (Desde su jeep) no dispararon ni estaban drogados como pretende hacer creer la Policía”, dijo María Belén Marín, prima de Barros, al leer un mensaje en la iglesia de San Blas.

A la despedida de Edwin Barros también llegó Anabel Barahona, seleccionada nacional de basquetbol y novia desde hace tres años del ahora fallecido.

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