22 de November de 2009 00:00

Saramago visita a una Biblia textual

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Redacción siete días

Es una guerra entre el creador, Dios, y su criatura, de la cual el uno no se da por aludido y el otro está convencido.

Dios condena a Caín por matar a Abel, su favorito de los hijos de Adán y Eva, pero el hijo de Adán le endilga la culpa al Creador   porque, para enaltecer a Abel,   despreció su sacrificio en reiteradas ocasiones. No era, entonces, ante los ojos de Caín un padre amoroso sino un dios caprichoso y por eso el hermano  lo acusa de ser el autor intelectual. “Hubiera bastado que por un momento fueses de verdad misericordioso, que aceptases mi ofrenda con humildad, simplemente porque no deberías rechazarla (...)”.

Si en este punto no le gustó la descripción de ‘Caín’, la nueva novela de José Saramago (Azinhaga, 1922), piense en darle una oportunidad a la literatura. Porque la novela de 189 páginas se devora con una facilidad que resulta poco común  en Saramago.

Aquel lector al cual por lo general le cuesta entrar a las historias del Premio Nobel, por lo menos en los primeros capítulos,  aquí encontrará un relato que no se puede abandonar tan fácil.
Irónico, oscuro, pero también a veces muy cómico, Saramago visita el Antiguo Testamento con un Caín que camina  por  la historia cumpliendo con la condena impuesta por su Creador: andar errante y  perdido por el mundo, con una señal en la frente.

Este Caín protagoniza un relato  donde los viajes en el tiempo se producen de forma tan natural como lo hace la lluvia. Un día, Caín está montado a lomo de su burro y se encuentra  con  el mismísimo Abraham, a punto de degollar a Isaac, su hijo único, porque Dios se lo ha pedido.

Si no es por él, quien sujeta la mano del hombre a punto de sacrificar al pequeño como un cordero, el niño hubiera muerto. Porque es minutos después que llega el Ángel del Señor, aduciendo problemas mecánicos con un ala que no le dejó volar a tiempo.

Días después, de nuevo a lomo de burro, Caín vuelve a encontrarse con Abraham, pero en un tiempo distinto. En ese entonces, Abraham aún no tiene hijos.

Caín permea las historias que ocurren antes de Cristo y las vive tal cual están relatadas en la Biblia. La novela es una reflexión  sobre   la religiosidad, el poder y la existencia, o no, del destino.  Caín se conduele del dolor de los niños de Sodoma, muertos  aun cuando   no eran culpables de los pecados que Dios estaba castigando.  Caín no entiende por qué Dios había pedido el sacrificio de Isaac, se molesta al ver cómo Lot –en nombre del señor, ofrece a sus dos hijas para evitar que los sodomitas violen a dos ángeles.

Tampoco entiende las penurias de Job y le repugna que Dios considere que la muerte de los hijos de ese devoto siervo se pueda olvidar con el nacimiento de otros. Como si los hijos fueran vacas o becerros. Caín se espanta con los incestos y la violencia que   Dios  no condena. Por eso, al encontrarse con su creador, le recrimina sus actos y le pide explicaciones. Al no encontrar respuesta, planifica él mismo una venganza que a Dios toma por sorpresa.

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