19 de December de 2009 00:00

Salvador inauguró el relato urbano

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Edwin Alcarás. Redactor

En la década de los 30 Quito era un grupo de casas que se extendía a través de   las pocas cuadras que van desde El Panecillo a El Ejido y desde el barrio de El Tejar hasta el de  La Tola. En total agrupaba a cerca de  150 000 almas, según el cálculo de Guido Díaz, director del Fondo de Salvamento.

Es decir que el nombre de ciudad aún le quedaba un poco grande. En esa pequeña extensión, más o menos  urbana, sin embargo, se empezaron a publicar  los primeros libros de la que, décadas más tarde, sería conocida como  la generación fundacional de la literatura nacional.

Una de las novelas más interesantes de ese tiempo, ‘En la ciudad he perdido una novela’, pertenece a un autor redescubierto hace pocos años por la crítica literaria ecuatoriana: Humberto Salvador, cuyo centenario de nacimiento se cumple el próximo 25 de  diciembre.

Hombre de modestia proverbial,  Salvador  nunca frecuentó  los círculos  literarios de su tiempo ni trabó amistad con sus  contemporáneos.  Quizá fue esa condición de  ‘outsider’ la causa de que su obra fuera poco conocida  luego de su muerte. 

El crítico  literario Raúl Serrano Sánchez  lleva varios  años  empeñado en remediar ese error   de la historia. En enero  próximo se  publicará su ensayo  ‘En la ciudad se ha perdido  un novelista’, sobre la obra del narrador.  En su opinión,   Salvador “es fundamental para entender la  literatura vanguardista ecuatoriana. Pero no solo eso. Su literatura sigue despertando interés  en Ecuador  y  también en el extranjero”.

En efecto, en este año se realizó en España  una edición de ‘En la ciudad he perdido una  novela’ bajo el sello alternativo Escalera, con un estudio del crítico ecuatoriano radicado en  Inglaterra, Wilfrido  Corral. En Ecuador,  sigue  circulando  la edición de la novela aparecida en   la colección Antares, de la  editorial  Libresa.

Al estudiar  la biografía de Humberto Salvador uno se topa enseguida con un terreno lleno de imprecisiones  y versiones  no autorizadas.  Desde el episodio mismo de  su  nacimiento  no se tienen más que historias probables.  Rodolfo Pérez Pimentel, por ejemplo, sostiene que el escritor fue el hijo ilegítimo de un sacerdote colombiano  y de una educadora quiteña.
Por su lado, Serrano Sánchez admite la teoría del engendramiento ilegítimo,  “pues parece ser que la familia  envía a la madre con su chico para instalarse  en casa de unas tías  en Quito,  para guardar un secreto familiar”.

En una de las pocas cartas que escribió en su vida (dirigida a Pedro Jorge Vera,  en  1940) Salvador dice que nació en Guayaquil el 25 de diciembre. “Vine a Quito en la infancia. Más o menos a los dos años de edad. Mi padre fue colombiano  y mi madre quiteña”. Nada más.

En todo caso se sabe que Salvador  hizo la primaria en la escuela  Simón Bolívar  y la secundaria en el colegio Mejía (del que  luego llegó a ser  profesor de literatura y en el que lo conoció, como estudiante, a Jorge Enrique Adoum). Hizo la carrera de Jurisprudencia en la Universidad Central   y, a los 20 años,  publicó su primer libro de cuentos titulado ‘Ajedrez’, luego vino  ‘Taza de té’ y ‘En la ciudad...’.

Con el estudio  psicoanalítico  ‘Esquema sexual’  (Chile,  1933)  se dio a conocer, además, como ensayista.  Sus interpretaciones  freudianas   fueron  tan incómodas como una carcajada en la  mitad de un velorio.  Para él,   el deseo  sexual  y el hambre  son los dos maderos “en los que está crucificada  la humanidad”.

El ánimo vanguardista y desenfadado que marcó esas primeras  obras  fue repudiado   por una de las voces más  temidas del momento: la de Joaquín  Gallegos Lara.  En  un artículo  titulado  ‘El  pirandelismo en el Ecuador’, de 1931, Gallegos     destrozó a  ‘En la ciudad...’ denostando “las revoluciones meramente  formales (que) a ningún  lado conducen”.  Desde entonces,  Salvador  produjo  más de 15 novelas hasta  su muerte en 1982. Ninguna, según la crítica y escritores como Leonardo Valencia, ha logrado sobrevivir al paso del tiempo.

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