26 de enero de 2016 11:40

841 robos con uso de sustancias estupefacientes, registrados desde el 2013 en Quito

Las manos de Manuel, de 79 años, víctima de un robo con escopolamina. Foto: Diego Bravo / EL COMERCIO

Las manos de Manuel, de 79 años, víctima de un robo con escopolamina. Foto: Diego Bravo / EL COMERCIO

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Diego Bravo

Tenía el rostro cubierto de sangre cuando llegó a su casa, ubicada en el norte de Quito, la madrugada del 24 de diciembre del 2015, hace un mes. Lo único que recuerda Andrés, de 25 años, fue que le dieron un vaso de cerveza en el bar al que había ido con sus compañeros del trabajo y perdió la voluntad de hacer las cosas por sí mismo.

Hasta hoy no sabe lo qué pasó esa noche, ni cómo llegó al cajero automático para sacar el dinero de su décimo tercer sueldo y entregárselo a desconocidos. Horas después del robo, unos policías lo encontraron gateando en la calle y pidiendo ayuda. No llevaba su mochila, tampoco su computadora ni el dinero que tenía. Los agentes se contactaron con sus familiares y lo llevaron a su casa; tenía golpes en la cara, su camisa estaba manchada de sangre y padecía una fuerte jaqueca.

Los médicos le cosieron tres puntos en la cabeza y le dijeron que había sido víctima de la escopolamina, una droga que utilizan las bandas delictivas para robar haciendo perder la voluntad de actuar por sí mismas. Según los investigadores, las agrupaciones de este tipo operan con mayor recurrencia en el norte de Quito, principalmente en donde funciona la zona comercial y bancaria.

Según datos del Observatorio Metropolitano de Seguridad Ciudadana (OMSC), desde el 2013 hasta este año, se han reportado 841 robos con sustancias estupefacientes en la capital. En esta categoría se incluyen a las víctimas de la escopolamina. Las zonas de mayor incidencia son las avenidas América, Amazonas, Colón, La Coruña.

A Manuel, de 79 años, le robaron luego de que dos desconocidos le abordaran en la calle. ¿Cómo ocurrió? Era la mañana del 7 de diciembre pasado cuando él se dirigía al médico para un chequeo de rutina. En ese instante, un hombre se le acercó en la calle y le pidió que le ayudara a encontrar una dirección. Mientras conversaba con él, otro hombre apareció y comenzaron charlar.

Ellos le mostraron la tarjeta con una dirección y él paulatinamente sintió que perdía los sentidos. “Era como si estuviera hipnotizado porque yo les obedecía en todo lo que me pedían”, contó.

Sin darse cuenta apareció un carro plomo y se subió en este. Se dirigió con esas personas a su departamento en el norte de la ciudad y sacó la chequera que tenía guardada. “Por suerte no se robaron otras cosas de mi casa. Los guardias del edificio en donde vivo pensaron que eran mis amigos porque llegaron conmigo al departamento”, contó.

Tras salir de su casa, él y los desconocidos se movilizaron a una agencia bancaria y Manuel retiró USD 2 000 que les entregó. Lo último que le dijeron fue “dame la plata" y lo abandonaron en la avenida Portugal del norte de la ciudad. Pasó más de una hora y se dio cuenta de que le habían robado.

Manuel puso la denuncia en la Fiscalía y la Policía. Los agentes le dijeron que había tenido suerte porque si la dosis era más fuerte hubiera muerto como ha pasado con otras personas. Desde esa experiencia, él afirma que es más cuidadoso en el momento que sale a la calle. No acepta hojas volantes y mantiene su distancia cuando personas desconocidas se le acercan a preguntarle cosas.

Andrés, en cambio, prefiere no salir a divertirse hasta recuperarse y superar la experiencia de haber sido agredido físicamente. Afirma que eso le ayudó a ser responsable y, a futuro, será más cuidadoso al momento de escoger un sitio para salir a divertirse con sus amigos.

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