27 de December de 2009 00:00

El ritual ilusorio del año viejo

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A finales de 1997, la BBC de Londres realizó una entrevista en la que participamos el poeta venezolano Rafael Cadenas y mi persona.



Iván Oñate
Poeta

Profesor invitado por: Westminster University y el Kings College de Londres. A&M Texas University.

George Mason University, Washington. Florida State University. U de Lieja. U de Lille. U de Lovaina. U de Austin.Esto ocurrió en la casa que había sido propiedad del prócer Francisco de Miranda, en la capital británica. El entrevistador quería saber cómo festejábamos el fin de año en nuestros  respectivos países. Llamó poderosamente su atención el muñeco relleno de viruta que nosotros acostumbramos a quemar en los últimos minutos del año. Qué envidia. Qué ritual más talentoso. Con un chasquido de fósforo, el pasado queda convertido en cenizas. Por un instante, apretando los párpados y conteniendo la respiración, mientras cae el fósforo, aspiramos contrariar al sabio verso de Borges: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido”. Precisamente para eso son los ritos, para intentar sortear las dificultades y los temores de la especie. Platón concebía a la eternidad (esa hija del tiempo) como un museo inmóvil donde se exhiben los arquetipos.

Schopenhauer, más inclinado a lo oriental, la concebía como una selva que se agita. Atrapado entre esos dos tedios eternos -pues, a la larga, también el frenesí terminará aburriéndonos-, se desenvuelve el solitario drama humano. Platón sostenía que los planetas, cada cierto tiempo, comienzan un nuevo ciclo y, por tanto, también todo debería empezar de nuevo.

En modo general tiene razón, pero no en el plano del individuo. Por eso necesitamos de la ilusión que nos brinda el rito. El año viejo: borrar, olvidar, quemar y empezar de nuevo. El olvido es el mejor perdón —aseveraba Borges—, pero también la peor venganza.

Sin embargo, a último minuto se me ocurre una sospecha. Una sospecha que nace del mismo Borges. El año viejo no está hecho para olvidar, está hecho para recordar. Para que en los últimos atisbos del año, con ojos nostálgicos contemplemos aquel ya débil promontorio de lumbre y de cenizas y recordemos que solo aquello que perdimos nos pertenece.

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