4 de junio de 2014 15:39

¿Qué tienen en común las renuncias de Fidel Castro, de Benedicto XVI y del rey Juan Carlos?

Agencias
Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 25
Triste 4
Indiferente 7
Sorprendido 17
Contento 0
Eduardo Mora Tavares/El Universal, México, GDA

Las renuncias de Fidel Castro, del Papa Benedicto XVI y del rey Juan Carlos han ocurrido en contextos de crisis severas en sus respectivos entornos, pero muestran que son resultado de decisiones para asegurar el futuro de sus instituciones: el Partido Comunista, la Iglesia católica y la monarquía española.

La abdicación del rey Juan Carlos en España se suma a otras dos renuncias significativas en los últimos tiempos: la del presidente Cubano Fidel Castro (febrero de 2008) y la del papa Benedicto XVI (febrero de 2013). Los tres casos muestran crisis profundas en tres sistemas: el del comunismo en el poder, el de la Iglesia católica y el de la monarquía.

En los tres casos debe notarse que sus ascensos a sus respectivos "tronos" no fueron democráticos, aunque su legitimidad la daban una revolución armada, en el caso de Cuba; la institucionalidad milenaria, pero cerrada de la Iglesia, en el caso del Papa y la entronización de un rey por parte del dictador Francisco Franco que aplastó a sangre y fuego a la República española. El rey Juan Carlos ganó realmente su legitimidad al defender la naciente democracia española ante la intentona golpista del teniente coronel Antonio Tejero en febrero de 1981.

En Cuba, la victoria de los barbudos fue un parteaguas para América Latina porque mostraba que una insurgencia podía derribar a una dictadura, la de Fulgencio Batista, a pocos kilómetros de Estados Unidos, líder del llamado "mundo libre" y "democrático" tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En ese entonces, más bien el cambio en la isla obedecía a que no se creía en el modelo democrático impulsado por Estados Unidos. Washington, era, por el contrario, protector de tiranos en el contexto de la Guerra Fría, y lo seguiría siendo en las décadas posteriores luego de la victoria de Castro en 1959.

La caída de los regímenes comunistas europeos en 1989 y la disolución de la Unión Soviética en 1991, que eran los principales aliados de Cuba, amenazó desde ese momento la estabilidad del gobierno comunista. Los pronósticos de colapso en La Habana, sin embargo, no llegaron a cumplirse. Cuando los cuestionamientos arreciaban hacia el modelo político cerrado de Cuba, una vez recuperada la democracia en América Latina, y la propia fragilidad de la salud de Fidel Castro, obligaron a la transición que hemos visto.

Castro, quien cedió el poder a su hermano Raúl, puede morir tranquilo porque la sucesión en la isla ya se dio, lo que no obsta para que se pueda seguir cuestionando la falta de democracia electoral en Cuba. Fidel no sólo mostró astucia sino inteligencia para avanzar estratégicamente en el cambio de guardia comunista y, tras la llegada de una nueva generación de cuadros políticos, en una eventual apertura. Fidel también mostró valentía al hacerse a un lado y quedar como un simple observador que reflexiona sobre la realidad cubana e internacional.

Por su parte, el papa Benedicto XVI conmocionó a la Iglesia católica y al mundo con su renuncia a principios del año pasado, la primera de un Pontífice en siglos. Parecía una decisión de desaliento ante los graves problemas de credibilidad del Vaticano y de la Iglesia por los escándalos de pederastia sacerdotal, las transacciones oscuras del banco del vaticano, las filtraciones e incluso caída de vocaciones sacerdotales. Pero en realidad fue una decisión igualmente valiente e inteligente pues mostró la capacidad de sorpresa y renovación de la Iglesia.

Benedicto XVI seguramente no quería que se viviera otra situación de angustia y zozobra como la creada por el deterioro de la salud de Juan Pablo II. Con su salida, Joseph Ratzinger posibilitó la llegada de un Papa renovador, carismático y que venía, por primera vez en la historia, de América Latina, ese viejo continente de la esperanza, que, en estas circunstancias, se convertía justamente en esperanzador para la restauración de la imagen de la Iglesia católica y del Vaticano y, de algún, de la fe dañada.

El turno de su majestad

Ha tocado el turno al rey Juan Carlos. En una España aquejada por una severa crisis económica, con un alto desempleo (26%), sobre todo juvenil, y con el prestigio de la monarquía lastimado por los escándalos del yerno incómodo (Iñaki Urgandarin), la presunta amante del monarca y la polémica desatada por la foto de la caza del elefante en Botsuana, Juan Carlos optó por ceder el poder su hijo Felipe, en una transición tersa, institucional.

El futuro monarca, quien estudió una maestría en la universidad estadounidense de Georgetown (de jesuitas) parece más aclimatado a los tiempos en los que la democracia gana espacios frente a instituciones que, aunque acotadas por el parlamentarismo, son cuestionadas por los resabios del viejo absolutismo. Felipe se casó con una plebeya que estudió periodismo y vivió en Guadalajara antes de encontrar al príncipe de sus sueños. Felipe, ya sólo por eso, está pasos adelante de su padre en las sociedades democráticas del siglo XXI.

La monarquía española tiene una historia de siglos y alguna vez, luego de la unificación de España (1492), fue el imperio donde nunca se ocultaba el sol. Pero el reinado de Juan Carlos 1 de Borbón apenas duró 39 años, tras los 35 años en el poder de Franco.

En la actualidad,  la popularidad de la monarquía ya no es la misma. De hecho, atraviesa, según el diario español El País, por "su peor momento": en 20 años: en una escala de 10, su aprobación cayó de 7.49 puntos en 1994, a 3.72 puntos, en abril pasado.

El rey, entonces, también ha sido audaz y ha pensado estratégicamente, sobre todo si se considera a esos miles que salieron a las calles de 50 ciudades españolas para pedir un referéndum sobre el futuro de la monarquía.Así, es claro que ni Raúl Castro, ni el papa Francisco ni Felipe VI tendrán gestiones fáciles.

Descrición
¿Te sirvió esta noticia?:
Si (0)
No (0)